La tradición católica contempla la pureza de María como una santidad perfecta, concedida por Dios en atención a su misión de ser Madre del Hijo encarnado. El Concilio Vaticano II la presenta adornada desde el primer instante de su concepción con los resplandores de una santidad enteramente singular.1
La pureza mariana comprende varias dimensiones inseparables:
- Pureza original, por su preservación del pecado original.
- Pureza personal, por su inmunidad de todo pecado cometido a lo largo de su vida.
- Pureza virginal, corporal y espiritual.
- Pureza interior, manifestada en su fe, humildad, obediencia y caridad.
- Pureza maternal, vinculada a la concepción y al nacimiento virginal de Jesucristo.
- Pureza escatológica, relacionada con la glorificación de María en cuerpo y alma.
Por esta razón, la Iglesia invoca a María como la Toda Santa, la Inmaculada y la Virgen purísima. Su pureza procede enteramente de la gracia de Dios y orienta toda su existencia hacia Cristo.


