La Iglesia Católica define el Purgatorio como la purificación final de los elegidos, una condición enteramente distinta del castigo de los condenados1,2. Aquellos que parten de esta vida en la gracia de Dios, pero no están del todo libres de faltas veniales o no han satisfecho plenamente la pena debida por sus transgresiones, pasan por este estado de purificación3. Es un proceso que capacita a las almas de los difuntos para disfrutar de la Visión Beatífica, es decir, la visión inmediata de Dios, transformándolas y reformándolas para ser «vasos de gozo eterno»4,5.
El Papa Benedicto XVI, refiriéndose a la enseñanza de San Pablo en 1 Corintios 3:12-15, describe el sufrimiento del Purgatorio como un «fuego que quema nuestra escoria y nos reforma»5. En su encíclica Spe Salvi, el Papa menciona que el Purgatorio es un estado de «bendito dolor, en el que el santo poder del amor de Cristo nos abrasa como una llama, permitiéndonos llegar a ser totalmente nosotros mismos y así totalmente de Dios»5. Este proceso es un encuentro existencial con el Señor, fuera del tiempo terrenal, donde se experimenta y absorbe el poder abrumador del amor de Cristo sobre todo el mal en el mundo y en uno mismo5. El dolor del amor se convierte en salvación y gozo5.
Aunque la tradición latina, incluyendo a Santo Tomás de Aquino, sostuvo la idea de un fuego corpóreo en el Purgatorio, la reflexión católica reciente ha tendido a una comprensión más cercana a la perspectiva oriental, donde la purificación se entiende como una maduración que prepara el alma para la visión de Dios, más que como un castigo en un sentido penal4,6. Santa Catalina de Génova, por ejemplo, en su experiencia mística, no recibió revelaciones específicas sobre el Purgatorio, pero lo describió como un fuego interior, un camino de purificación del alma hacia la plena comunión con Dios, que surge de un profundo dolor por los pecados cometidos en contraste con el amor infinito de Dios7.

