Los Evangelios narran el episodio de la purificación del Templo, aunque con algunas diferencias en su ubicación cronológica. El Evangelio de Juan sitúa este evento al comienzo del ministerio público de Jesús, poco antes de la Pascua judía1. Los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), en cambio, lo colocan hacia el final de su ministerio, durante la Semana Santa, después de su entrada triunfal en Jerusalén2,3.
Según Juan, Jesús subió a Jerusalén para la Pascua. Allí encontró en el Templo a vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a cambistas sentados en sus mesas. Haciendo un látigo de cuerdas, los expulsó a todos del Templo, junto con las ovejas y los bueyes. También derramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. A los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado»1. Sus discípulos recordaron entonces la Escritura que dice: «El celo por tu casa me consumirá»4,1.
Los judíos le preguntaron a Jesús qué señal podía mostrarles para justificar su acción. Jesús respondió: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré»1. Los judíos replicaron que el Templo había estado en construcción durante cuarenta y seis años, y él lo levantaría en tres días. Sin embargo, el evangelista aclara que Jesús se refería al templo de su cuerpo. Después de su resurrección, sus discípulos recordaron estas palabras y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había dicho1.
San Agustín, al notar la diferencia en la ubicación temporal del evento entre Juan y los Sinópticos, sugiere que Jesús realizó esta acción no una, sino dos veces: una al principio de su ministerio, registrada por Juan, y otra al final, registrada por los otros tres evangelistas3.

