La purificación en la liturgia católica no es meramente una cuestión de higiene, sino que posee un profundo significado teológico. Refleja la santidad de Dios y la necesidad de pureza en aquellos que se acercan a Él y a los misterios divinos. Desde la antigüedad, la idea de la purificación ha estado presente en diversas tradiciones religiosas, incluyendo la judía, como se observa en el Levítico, donde se detallan ritos para la limpieza de personas y objetos considerados impuros1. En el cristianismo, esta noción se transforma y se eleva, enfocándose en la pureza espiritual y la reverencia hacia la presencia real de Cristo.
San Efrén el Sirio, en el siglo IV, ya enfatizaba la importancia de la pureza para los ministros sagrados, señalando que el sacerdote que ofrece el Cuerpo Viviente debe purificar su mente, lengua, manos y todo su cuerpo en todo momento, pues actúa como mediador entre Dios y la humanidad2. Esta perspectiva resalta que la purificación externa es un reflejo de una disposición interna de reverencia y santidad.

