Quién puede purificar los vasos
El Misal atribuye la purificación al sacerdote, al diácono o al acólito instituido. Como norma general, la realizan después de la comunión o, si las circunstancias lo aconsejan, después de la misa. Siempre que sea posible, ocurre en la credencia, la mesa destinada a preparar y disponer los objetos litúrgicos.
Redemptionis Sacramentum precisa el orden habitual: el sacerdote, una vez terminada la distribución de la comunión, purifica la patena o el copón sobre el cáliz y después purifica el cáliz. Si hay diácono, este vuelve al altar con el sacerdote y purifica los vasos. El acólito instituido ayuda a purificarlos y disponerlos; en ausencia del diácono, puede llevarlos a la credencia y realizar allí esas tareas.
Cuando hay muchos vasos, el sacerdote o el diácono pueden dejarlos, adecuadamente cubiertos, sobre un corporal en el altar o en la credencia, y purificarlos inmediatamente después de despedir al pueblo. Esta posibilidad aplaza la operación hasta después de la misa, pero no la convierte en una tarea indefinida ni la delega en cualquier persona.
Modo de purificar
El ministro purifica el cáliz con agua sola o con agua y vino, y consume después el líquido. Normalmente limpia la patena con el purificador, el paño litúrgico destinado a secar el cáliz. La atención recae tanto en el vaso como en cualquier resto de las especies que pudiera quedar en él.
La purificación no sustituye la consumición de lo que aún permanece bajo las especies consagradas. El vino consagrado que quede tras distribuir la comunión debe consumirse por completo e inmediatamente en el altar. Las hostias consagradas sobrantes se consumen allí o se llevan al lugar dispuesto para la reserva eucarística.,
Fragmentos de hostia
Si quedan fragmentos de hostia en los dedos, el sacerdote los recoge con cuidado, especialmente después de la fracción del pan o de la comunión de los fieles. También recoge las partículas que hayan quedado fuera de la patena. Si resulta necesario, se lava los dedos.
Si cae una hostia o una partícula, quien la encuentre la recoge con respeto. La disciplina litúrgica presta atención a esos fragmentos porque pueden conservar las especies eucarísticas; por eso no deben tratarse como residuos ordinarios.