La devoción a la Purísima Virgen de Cotoca se remonta al siglo XVII, en el contexto de la evangelización de los territorios andinos durante la época colonial española. La imagen, una escultura de madera que representa a María Inmaculada con las manos en oración y rodeada de rayos de luz, fue tallada en estilo barroco y llegó a Bolivia como parte de las misiones franciscanas. Se atribuye su origen a artesanos limeños o cuzqueños, influenciados por la iconografía mariana promovida por la Contrarreforma católica.
En el año 1594, según relatos transmitidos en la tradición oral y documentos eclesiásticos locales, la imagen fue instalada en una capilla modesta en el cerro de Cotoca, cerca de la ciudad de Tarija. Este lugar, de origen indígena aimara, ya era un sitio sagrado para las comunidades precolombinas, lo que facilitó la sincretización de creencias. La Virgen pronto se convirtió en protectora contra las sequías, las epidemias y los conflictos territoriales que azotaban la región. Un hito clave ocurrió en 1810, durante las luchas independentistas, cuando los fieles invocaron su intercesión para obtener victorias en batallas locales, consolidando su estatus como patrona de Tarija y sus alrededores.
A lo largo de los siglos XVIII y XIX, la devoción se expandió gracias a las procesiones y novenas organizadas por las cofradías católicas. En el siglo XX, la Iglesia boliviana la proclamó Patrona Principal de Tarija mediante decreto episcopal en 1947, reconociendo su influencia en la identidad cultural y espiritual del sur del país. Esta advocación ha resistido desafíos como las guerras civiles y las reformas agrarias, manteniéndose como un faro de esperanza para los campesinos y mineros de la zona.

