La normativa católica insiste en que los vasos sagrados destinados a contener el Cuerpo y la Sangre del Señor deben fabricarse conforme a las normas de la tradición y a los libros litúrgicos.
En particular, se establece que:
Los materiales deben estar en estricta conformidad con las normas litúrgicas.
Incluso cuando las Conferencias Episcopales determinan, con la recognitio de la Sede Apostólica, la posibilidad de usar otros materiales sólidos, se exige que sean «verdaderamente nobles» según la estimación común en la región. Con ello se busca que «se dé honor al Señor» y se evite cualquier riesgo de disminuir en los fieles la doctrina de la presencia real.
Por tanto, se consideran reprobables prácticas como usar vasos comunes, vasos de baja calidad, recipientes sin valor artístico o meros «contenedores», así como vasos de vidrio, loza, arcilla u otros materiales frágiles, y también los que se deterioran con facilidad (incluso algunos metales que se oxidan).
Este criterio se armoniza con principios más amplios sobre el ornato eclesial y la selección de materiales:
La decoración de la iglesia debe promover la «noble sencillez» y evitar la ostentación.
En la elección de materiales para ornamentos sagrados se debe buscar la autenticidad, la intención de instruir a los fieles y la dignidad del lugar sagrado.
Se aceptan materiales diversos si se consideran nobles según estándares contemporáneos, son duraderos y adecuados para el uso sagrado.
En el ámbito de los Estados Unidos, además, se recuerda que los vasos sagrados «ocupan un lugar de honor» y deben ser de materiales nobles, apropiados para su uso y conformes a la ley litúrgica.