La encíclica condena explícitamente varias doctrinas y principios que Pío IX consideraba perjudiciales para la Iglesia y la sociedad. Estos errores se pueden agrupar en varias categorías principales.
Naturalismo y Separación entre Iglesia y Estado
Uno de los errores centrales abordados es el naturalismo, la idea de que la sociedad civil debe ser gobernada sin tener en cuenta la religión, como si no existiera, o al menos sin hacer distinción entre la verdadera religión y las falsas. La encíclica argumenta que esta visión es contraria a la doctrina de la Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres.
Pío IX lamenta que algunos afirmen que «la mejor condición de la sociedad civil es aquella en la que no se reconoce ningún deber, inherente al poder civil, de reprimir mediante penas a los infractores de la religión católica, excepto en la medida en que lo exija la paz pública». Esta idea, según la encíclica, es una «falsísima idea de gobierno social» y conduce a la opinión errónea de que la Iglesia Católica y la salvación de las almas sufren un daño fatal.
La encíclica también critica la noción de que se debe impedir o eliminar la «saludable influencia» que la Iglesia Católica, por institución divina, debe ejercer sobre individuos, naciones y príncipes soberanos. Se condena la intención de eliminar la «comunión mutua y concordia de consejos entre la Iglesia y el Estado», que siempre ha demostrado ser propicia y saludable para los intereses religiosos y civiles.
Libertad de Conciencia y de Culto
Un punto crucial de condena es la «libertad de conciencia y de culto», descrita como un «derecho personal de cada hombre, que debe ser proclamado y afirmado legalmente en toda sociedad bien constituida». Esta libertad, según los errores condenados, implicaría un derecho absoluto de los ciudadanos a manifestar y declarar públicamente sus ideas por cualquier medio, sin restricciones de ninguna autoridad eclesiástica o civil.
Pío IX, siguiendo a su predecesor Gregorio XVI, califica esta opinión de «insania» y advierte que quienes la afirman imprudentemente están predicando una «libertad de perdición». La encíclica sostiene que si se permite siempre la libre discusión de argumentos humanos, nunca faltarán hombres que resistan la verdad y confíen en la elocuencia de la sabiduría humana, lo cual es contrario a la fe y sabiduría cristiana.
La Voluntad del Pueblo como Ley Suprema
Otro error condenado es la proclamación de que «la voluntad del pueblo, manifestada por lo que se llama opinión pública o de alguna otra manera, constituye una ley suprema, libre de todo control divino y humano». Además, se critica la idea de que «en el orden político, los hechos consumados, por el mero hecho de estar consumados, tienen fuerza de derecho».
La encíclica advierte que una sociedad humana liberada de los lazos de la religión y la verdadera justicia no puede tener otro fin que la obtención y acumulación de riquezas, siguiendo ninguna otra ley que el deseo desenfrenado de satisfacer sus propios placeres e intereses.
Ataques a las Órdenes Religiosas y a la Doctrina Católica
El documento también denuncia el «odio amargo» con el que algunos persiguen a las Órdenes Religiosas, a pesar de sus grandes servicios a la cristiandad, la civilización y la literatura. Se condena la afirmación de que estas órdenes no tienen razón legítima para existir, y se recuerda la enseñanza de Pío VI de que la abolición de los regulares es perjudicial para el estado en que se profesan los consejos evangélicos y para un modo de vida elogiado en la Iglesia como conforme a la doctrina apostólica.
En un sentido más amplio, Quanta Cura se opone a cualquier intento de «socavar la pureza de la fe católica» y de introducir «novedades» en la Iglesia,. Los Papas, como pastores, tienen el deber de proteger el rebaño de Cristo de las «doctrinas pestilentes» que depravan las mentes y ocasionan grandes pérdidas para la religión.