Cristo reina en sentido propio: Dios y hombre
Pío XI inicia una enseñanza que rompe el planteamiento meramente simbólico del «rey». El Papa reconoce un uso antiguo del título de «Rey» aplicado a Cristo de modo figurado por su excelencia, su reinado en los corazones mediante la verdad, y su gobierno en las voluntades por la obediencia perfecta del hombre Jesús a la voluntad divina, además de la caridad y la misericordia que atraen a los hombres.
Sin embargo, Pío XI conduce el argumento más lejos: el título y el poder de Rey pertenecen a Cristo como hombre en sentido estricto. El Papa afirma que Cristo, como hombre, recibió del Padre poder, gloria y reino; y explica que el Verbo, consustancial al Padre, comparte con Él el dominio supremo sobre las criaturas, por la unidad hipostática.
Fundamento trinitario y unión hipostática
La encíclica apoya el fundamento del reinado en la doctrina de la unión hipostática: Cristo posee dominio sobre las criaturas no por violencia ni por usurpación, sino por su esencia y naturaleza. La realeza nace de lo que Cristo es y de lo que permanece unido en Él, y conduce a una consecuencia práctica: el mundo debe reconocer su imperio y rendirle adoración.
Cristo Rey por la redención
Pío XI afirma que Cristo no solo reina por derecho natural, sino también «por adquirido», porque redime. El Papa recuerda el precio de esa redención: la sangre preciosa del Cordero sin mancha. Con ese vínculo, el creyente entiende que no pertenece ya a sí mismo; Cristo compra al hombre con un precio grande, y el cuerpo del fiel se integra como miembro de Cristo.