El Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium (§ 8), define la Iglesia como una realidad compleja que no se reduce a dos elementos separados —divino e humano—, sino que forma una sola realidad coalescente de ambos, similar a la unidad del ser humano compuesta de cuerpo y alma.,
Elementos divinos y humanos inseparables
La Iglesia es divina por su origen en Cristo y su animación por el Espíritu Santo, que la informa como alma del Cuerpo Místico. Es humana en su estructura visible, compuesta por fieles pecadores que forman una sociedad jerárquica. Esta dualidad no implica tensión dialéctica, sino una unidad sustancial donde lo institucional sostiene la comunión espiritual.
Los diversos elementos que constituyen el misterio de la Iglesia […] forman una sola realidad compleja que proviene de una realidad divina y una humana.
Teólogos como Charles Journet hablan de elementos «coextensivos», inseparables: la institución no existe sin la comunión, ni viceversa. Frente al dualismo protestante (Iglesia visible vs. invisible), el catolicismo afirma su visibilidad sacramental.
La Iglesia como sacramento de salvación
Desde sus inicios, Lumen Gentium (§ 1) la presenta como sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y la unidad del género humano. Es «sacramento de unidad y salvación de los hombres», manifestándose en una realidad única interior y exterior.
Esta sacramentalidad implica que la Iglesia no solo anuncia la salvación, sino que la hace presente mediante los sacramentos, la enseñanza y la vida litúrgica.