La palabra Iglesia procede del latín ecclesia, derivado del griego ekklesía, que significa convocatoria o asamblea. En la tradición bíblica griega, el término designaba también la asamblea del pueblo de Israel ante Dios. Los primeros cristianos adoptaron ese nombre para expresar que Dios reúne en Cristo a su pueblo de todos los lugares.1
En el uso cristiano, Iglesia puede referirse a tres realidades relacionadas: la asamblea litúrgica, la comunidad local de creyentes y la comunidad universal de quienes creen en Cristo. No son sentidos independientes: la Iglesia universal vive en las Iglesias locales, y estas se reúnen para celebrar la liturgia, especialmente la Eucaristía.1
La Iglesia no es solo una organización religiosa ni una asociación formada por decisión humana. La fe católica la entiende como una realidad humana y divina: una comunidad histórica que recibe su vida de Dios y participa de la obra de Cristo por la acción del Espíritu Santo.2,3


