Gregorio VII
Gregorio VII, cuyo nombre de nacimiento era Hildebrando de Sovana, ocupó la sede de Roma entre 1073 y 1085. Su pontificado constituyó el momento decisivo de la Querella de las Investiduras. El papa defendió la eliminación de la simonía, la observancia del celibato clerical y la independencia de la Iglesia frente a los gobernantes seculares.
Gregorio VII entendía que el papa poseía una responsabilidad universal sobre la vida cristiana. Su concepción de la autoridad pontificia incluía la capacidad de corregir a los soberanos cuando sus actuaciones dañaban la justicia o la libertad de la Iglesia. El conflicto no consistía únicamente en decidir quién nombraba a un obispo: también implicaba determinar la posición del emperador dentro del orden cristiano medieval.
El conflicto con Enrique IV
Enrique IV accedió al trono siendo todavía menor de edad y tuvo que afrontar rebeliones de nobles y conflictos con los príncipes eclesiásticos. Como rey alemán, consideraba indispensable conservar influencia sobre la elección de los obispos, porque las sedes episcopales gobernaban importantes territorios y proporcionaban recursos políticos y militares.
Enrique IV había recibido de sus antecesores una tradición de intervención en los asuntos episcopales. Desde la perspectiva imperial, renunciar por completo a esa facultad podía debilitar gravemente la autoridad de la Corona. Desde la perspectiva reformadora, la intervención regia había convertido en muchos casos el ministerio episcopal en una recompensa política.
El sínodo romano de 1075
En el sínodo cuaresmal de Roma de 1075, Gregorio VII prohibió formalmente que los laicos, incluidos reyes y emperadores, otorgasen investiduras eclesiásticas. La medida privaba al soberano de la entrega del anillo y del báculo y negaba que el rey pudiera disponer libremente de los obispados.
La prohibición provocó una fuerte reacción entre obispos alemanes y lombardos, muchos de los cuales debían su posición a la protección regia. El rey y el papa interpretaron la cuestión como una amenaza directa a sus respectivas competencias.
La ruptura de 1076
En enero de 1076, varios obispos alemanes reunidos en Worms declararon que Gregorio VII no debía continuar ocupando la sede romana. Enrique IV apoyó la oposición y trató al papa como un subordinado cuya autoridad podía ser discutida por el rey y los obispos del reino.
Gregorio VII respondió en el sínodo romano de febrero de 1076 con la excomunión de Enrique IV. Además, declaró que los súbditos cristianos quedaban liberados de la obediencia al rey mientras durase su separación de la comunión eclesial. La medida poseía una dimensión espiritual y otra política: la excomunión excluía al monarca de la comunión de la Iglesia y debilitaba su legitimidad ante los nobles.