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Quinta cruzada

La Quinta cruzada fue una expedición militar promovida por el papa Inocencio III y formalmente impulsada por el IV Concilio de Letrán en 1215 para recuperar Jerusalén y consolidar los territorios cristianos de Tierra Santa. La campaña, desarrollada principalmente entre 1217 y 1221, adoptó una estrategia novedosa: atacar Egipto, considerado la base política y económica del poder ayubí. Los cruzados conquistaron Damieta en 1219, pero las divisiones entre sus dirigentes, el desacuerdo con el legado pontificio y una campaña mal coordinada hacia El Cairo condujeron a la derrota de Mansura en 1221 y a la devolución de Damieta.1,2,3

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreQuinta cruzada
CategoríaEvento
DescripciónExpedición militar papal (1217-1221) que atacó Egipto con el objetivo de recuperar Jerusalén; terminó con la derrota en Mansura y la devolución de Damieta
Contexto HistóricoTras la pérdida de Jerusalén en 1187, el reino latino buscó una estrategia que atacara Egipto, base política y económica del sultanato ayubí, para presionar la restitución de los lugares santos.
Eventos Relacionados
Fecha de Fin1221
Fecha de Inicio1217
Importancia EclesialDemostró la capacidad del papado para convocar una cruzada internacional, pero también sus limitaciones frente a los intereses temporales de reyes y príncipes.
Importancia HistóricaPrimera cruzada que adoptó atacar Egipto como punto estratégico; mostró los límites de la coordinación entre príncipes cristianos y el papado.
Organizador
Personas Relacionadas
  • Inocencio III
  • Honorio III
  • Gregorio IX
  • Federico II
  • Juan de Brienne
  • Cardenal Pelayo Galvani
  • San Francisco de Asís
  • Al-Malik al-Kamil
  • Andrés II de Hungría
  • Casimiro de Pomerania
TipoEvento histórico
UbicaciónEgipto y Tierra Santa

Tabla de contenido

Contexto histórico y religioso

La situación de los Estados latinos

La derrota de los cruzados frente a Saladino y la pérdida de Jerusalén en 1187 habían dejado al reino latino de Jerusalén reducido a una franja costera del Levante. La Tercera cruzada recuperó Acre y permitió cierta continuidad política cristiana, pero no restableció el dominio sobre la Ciudad Santa. La tregua entre Ricardo Corazón de León y Saladino en 1192 garantizó una presencia cristiana limitada, aunque Jerusalén permaneció bajo control musulmán.2

A comienzos del siglo XIII, los dirigentes latinos comprendieron que la defensa de Tierra Santa exigía algo más que incursiones en Siria y Palestina. El reino de Jerusalén carecía de profundidad territorial, recursos suficientes y estabilidad política. Egipto, en cambio, constituía el centro demográfico, agrícola y fiscal del sultanato ayubí. Desde sus puertos y desde el valle del Nilo, los gobernantes egipcios podían sostener la presión militar sobre los enclaves cristianos de la costa levantina.

La elección de Egipto como objetivo no nació, por tanto, de una desviación accidental, sino de una estrategia militar razonada. La dirección cruzada pretendía conquistar una posición decisiva y utilizarla como medio de presión para obtener la restitución de Jerusalén y de otros territorios cristianos.

La iniciativa de Inocencio III

El papa Inocencio III promovió una nueva expedición a partir de 1213. El proyecto recibió una formulación solemne en el IV Concilio de Letrán, inaugurado el 11 de noviembre de 1215. El concilio exhortó a los cristianos a tomar la cruz y fijó la partida para 1217.1

La convocatoria pontificia respondía a varios objetivos:

  • Recuperar Jerusalén y proteger los lugares santos.
  • Reforzar los Estados latinos de Oriente.
  • Conseguir una participación coordinada de los príncipes europeos.
  • Reducir las guerras entre los gobernantes cristianos, que debilitaban la empresa común.
  • Organizar la financiación, la predicación y la disciplina de la expedición.

El proyecto de Inocencio III quedó afectado por su muerte en 1216. Su sucesor, Honorio III, heredó la responsabilidad de continuar la iniciativa y de lograr la participación del emperador Federico II, considerado por la Santa Sede el único soberano europeo con recursos suficientes para dirigir una campaña de gran alcance.3

La predicación de la cruzada

La predicación cruzada del siglo XIII ya no despertaba el entusiasmo unitario que había acompañado a la Primera cruzada. Los príncipes temían perder el control sobre sus territorios mientras sus fuerzas marchaban a Oriente. Además, las rivalidades dinásticas y las guerras europeas absorbían recursos militares y financieros. La empresa pontificia dependía así de una cooperación política difícil de alcanzar.1

En este ambiente apareció también el movimiento conocido como cruzada de los niños de 1212, una manifestación popular de religiosidad penitencial que pretendía alcanzar Tierra Santa. La iniciativa no formó parte de la Quinta cruzada oficial y terminó en tragedia: muchos participantes murieron durante el viaje y otros fueron víctimas de traficantes de esclavos.1

Conviene distinguir esta expresión de fervor religioso popular de la campaña militar convocada por la autoridad pontificia. La cruzada de los niños no fue una expedición organizada por el papa ni una operación militar aprobada por la Iglesia.

Preparación de la expedición

Los primeros contingentes

Los primeros grupos cruzados procedían de diversos territorios europeos. Entre los principales dirigentes figuraron Andrés II de Hungría, el duque Casimiro de Pomerania y contingentes procedentes de las regiones del bajo Rin y de Escandinavia. Las fuerzas se concentraron en los puertos del Adriático y partieron hacia Acre.1,3

La composición internacional del ejército reflejaba la naturaleza de la cruzada medieval: no constituía un ejército nacional bajo una autoridad única, sino una coalición de príncipes, caballeros, milicias urbanas, contingentes navales y peregrinos armados. Cada grupo conservaba sus propios intereses, mandos y obligaciones feudales.

Acre como centro de operaciones

Los cruzados llegaron a San Juan de Acre en 1217. Desde allí realizaron incursiones contra territorios musulmanes, pero aquellas operaciones no produjeron una transformación decisiva del equilibrio político. Andrés II regresó pronto a Europa, debilitando la coalición.1,3

La llegada de nuevos refuerzos permitió modificar el plan. Juan de Brienne, rey de Jerusalén, defendió el ataque contra Egipto. La estrategia partía de una consideración práctica: quien controlara Damieta, ciudad portuaria situada en el delta del Nilo, podría amenazar las comunicaciones y los recursos del sultanato egipcio.

La campaña de Egipto

El desembarco en Damieta

Los cruzados desembarcaron en Damieta en mayo de 1218. La ciudad estaba situada junto a una de las desembocaduras del Nilo y poseía un considerable valor defensivo y económico. El ejército cristiano inició un largo asedio que duró aproximadamente quince meses.4

La defensa musulmana aprovechó las fortificaciones de la ciudad y las condiciones naturales del delta. El Nilo, los canales y las zonas pantanosas dificultaban los movimientos del ejército atacante. Los cruzados, por su parte, recurrieron a máquinas de asedio, operaciones navales y ataques terrestres.

El 5 de noviembre de 1219, las tropas cristianas tomaron Damieta. La conquista constituyó el mayor éxito militar de la Quinta cruzada. La ciudad ofrecía a los cruzados una base para avanzar hacia El Cairo o para negociar desde una posición de fuerza la recuperación de Jerusalén.1,2,4

El gobierno de Damieta y las divisiones internas

La victoria no produjo la unidad necesaria para continuar la campaña. Las autoridades cruzadas discutieron sobre la administración de la ciudad, el reparto del botín y la estrategia posterior. Juan de Brienne defendía los intereses del reino de Jerusalén, mientras que el cardenal Pelayo Galvani, legado pontificio, ejercía una autoridad decisiva sobre la expedición.

El conflicto no enfrentaba simplemente a creyentes y musulmanes, sino también a diversas concepciones de la autoridad dentro del propio ejército cristiano:

  • Juan de Brienne actuaba como monarca y jefe político del reino de Jerusalén.
  • Pelayo representaba la autoridad pontificia y la finalidad religiosa de la expedición.
  • Los príncipes y caballeros defendían sus compromisos feudales y sus beneficios particulares.
  • Las ciudades marítimas buscaban ventajas comerciales y posiciones estratégicas.
  • Los contingentes que habían tomado la cruz por un tiempo limitado deseaban regresar a Europa.

La falta de una estructura de mando aceptada por todos paralizó la campaña durante más de un año. El sultán ayubí al-Malik al-Kamil, que gobernaba Egipto desde 1218, ofreció en varias ocasiones negociar la devolución de Jerusalén a cambio de la retirada cristiana de Damieta. El cardenal Pelayo rechazó aquellas propuestas, pues consideraba insuficientes las condiciones ofrecidas y aspiraba a obtener una victoria más amplia.5

La presencia de san Francisco de Asís

En 1219, durante el asedio, san Francisco de Asís visitó el campamento cruzado y logró entrevistarse con el sultán al-Malik al-Kamil. Francisco acudió acompañado por algunos hermanos y pretendía anunciar el Evangelio. La tradición franciscana concedió posteriormente gran importancia a aquel encuentro, aunque los detalles históricos concretos permanecen poco claros.6,4

El episodio no constituyó una negociación diplomática oficial ni modificó la estrategia militar de la cruzada. Francisco no actuó como legado pontificio, comandante ni representante formal del ejército. Su iniciativa perteneció al ámbito de la predicación y del testimonio religioso personal.

El encuentro posee un valor particular dentro de la historia de las relaciones entre cristianos y musulmanes. La presencia de un religioso desarmado ante el sultán muestra que, dentro del mundo de la cruzada, coexistían la acción militar autorizada por la Iglesia y otras formas de contacto religioso, misionero o diplomático.

El avance hacia El Cairo

La decisión de abandonar Damieta

A comienzos de 1221, los cruzados recibieron refuerzos y reanudaron el debate sobre la estrategia. El cardenal Pelayo defendió el avance hacia El Cairo, mientras Juan de Brienne y otros dirigentes mostraban mayor cautela. Finalmente, el ejército marchó hacia el interior de Egipto en mayo de 1221.1,3

La operación presentaba graves riesgos. El ejército debía avanzar por una región atravesada por canales y sometida a las crecidas del Nilo. Damieta podía servir como base segura, pero el avance hacia El Cairo alejaba a los cruzados de sus líneas de abastecimiento y los exponía a quedar atrapados entre las fuerzas ayubíes y las aguas del río.

La elección estratégica reflejó también la rivalidad entre la autoridad pontificia y el poder político del reino de Jerusalén. La dirección de Pelayo buscaba una victoria que obligara al sultán a capitular, mientras Juan de Brienne temía comprometer la única gran conquista territorial obtenida por la expedición.

La derrota de Mansura

El ejército cruzado llegó a la región de Mansura, en el delta del Nilo, y quedó expuesto a una combinación de maniobras militares y cambios en el nivel de las aguas. Las fuerzas musulmanas bloquearon las rutas de retirada y aprovecharon las condiciones del terreno. El 24 de julio de 1221, los cruzados sufrieron una derrota decisiva.1

La situación obligó a negociar. Los dirigentes cristianos acordaron abandonar Damieta y retirarse de Egipto. La ciudad, conquistada después de un prolongado asedio, volvió al poder ayubí. La Quinta cruzada terminó sin recuperar Jerusalén ni establecer una posición permanente en Egipto.2,4

La derrota no anuló el valor militar de la toma de Damieta, pero mostró que una conquista aislada carecía de utilidad sin unidad política, abastecimiento suficiente y una estrategia coherente para la fase posterior.

El emperador Federico II y la cruzada prometida

El voto imperial

Federico II Hohenstaufen había tomado la cruz en 1215, en Aquisgrán, ante la tumba de Carlomagno. Su participación resultaba fundamental por la extensión de sus dominios, sus recursos militares y su posición como emperador del Sacro Imperio y rey de Sicilia.1,3

Sin embargo, Federico aplazó repetidamente su partida. Honorio III aceptó varios retrasos porque temía que una ruptura con el emperador destruyera cualquier posibilidad de organizar una expedición eficaz. El papa necesitaba la fuerza imperial, pero al mismo tiempo contemplaba con inquietud la concentración de poder que producía la unión entre el reino de Sicilia y el Imperio.3

En 1225, Federico contrajo matrimonio con Isabel de Brienne, heredera del reino de Jerusalén. Tras la boda, asumió el título de rey de Jerusalén, relegando políticamente a su suegro, Juan de Brienne. El matrimonio vinculó todavía más la cuestión de la cruzada con la política dinástica imperial.1,7

La relación entre el Papado y el Imperio

La Quinta cruzada no puede comprenderse sin atender a la compleja relación entre la autoridad espiritual del papa y el poder temporal del emperador en el siglo XIII.

El papado consideraba que la cruzada constituía una empresa religiosa confiada a la dirección pontificia. El papa convocaba la expedición, regulaba los privilegios espirituales de quienes tomaban la cruz y nombraba legados con autoridad sobre aspectos esenciales de la campaña. La cruzada no dependía únicamente de la voluntad de un monarca, porque la Iglesia la presentaba como una obra de la cristiandad latina bajo responsabilidad papal.

Federico II, en cambio, no era un simple ejecutor de decisiones pontificias. Como emperador y rey de Sicilia, defendía una concepción amplia de la autoridad imperial y necesitaba conservar el control sobre sus territorios italianos y alemanes. Su participación en Oriente estaba ligada a sus intereses dinásticos, especialmente a la herencia del reino de Jerusalén y a la consolidación de la posición de los Hohenstaufen.

Honorio III intentó mantener una cooperación pragmática. Coronó emperador a Federico en Roma en 1220 y toleró diversos aplazamientos para evitar una confrontación prematura. Al mismo tiempo, la unión de Sicilia con el Imperio y las interferencias imperiales en asuntos eclesiásticos despertaban la oposición pontificia.3

La elección de Gregorio IX en 1227 endureció la relación. Federico embarcó el 8 de septiembre, pero regresó pocos días después alegando enfermedad y la gravedad del estado de uno de sus acompañantes. Gregorio IX lo excomulgó el 29 de septiembre de 1227, convencido de que el emperador había incumplido repetidamente sus compromisos.1,8,9

La excomunión planteaba una cuestión de autoridad: ¿podía un emperador excomulgado dirigir una expedición que disfrutaba de carácter religioso y de los privilegios de la cruzada? Gregorio IX negó que Federico pudiera presentarse como jefe legítimo de una guerra santa mientras permaneciera bajo censura eclesiástica. Federico, por su parte, marchó finalmente a Oriente en 1228, desafiando la oposición pontificia.9

La posterior campaña diplomática de Federico no pertenece estrictamente a la Quinta cruzada. La historiografía suele considerarla la Sexta cruzada, aunque algunos relatos amplios la presentan como la continuación de la empresa iniciada en 1217. La distinción resulta necesaria: la expedición de Egipto fue una campaña militar convocada por la Iglesia; la recuperación temporal de Jerusalén en 1229 nació de la iniciativa diplomática y política del emperador.2

La iniciativa diplomática de Federico II

El tratado con al-Malik al-Kamil

Federico II llegó a Tierra Santa en 1228 mientras permanecía excomulgado. En lugar de emprender una gran ofensiva militar, negoció con al-Malik al-Kamil, sultán de Egipto. El acuerdo de 1229 permitió a los cristianos recuperar Jerusalén, aunque el sultán conservó el control del Monte del Templo y de los principales santuarios islámicos, incluida la Cúpula de la Roca y la mezquita de al-Aqsa.5

El tratado concedió también a los cristianos acceso a los lugares santos y una tregua de diez años. Federico entró en Jerusalén y asumió la corona en la iglesia del Santo Sepulcro el 18 de marzo de 1229, sin una ceremonia religiosa de coronación.7

La recuperación de Jerusalén mediante negociación provocó reacciones diversas. Desde una perspectiva política, el acuerdo logró un resultado que la Quinta cruzada no había conseguido mediante las armas. Desde la perspectiva pontificia, Federico había actuado sin autorización papal y bajo excomunión. La diplomacia imperial produjo una ventaja temporal para los cristianos, pero no resolvió la rivalidad entre el emperador y la Santa Sede.

Diferencia entre cruzada e iniciativa monárquica

La distinción entre ambas empresas exige atender a su origen, autoridad y método:

  • La Quinta cruzada propiamente dicha fue convocada por el Papado, respaldada por el IV Concilio de Letrán y dirigida militarmente en Egipto por una coalición de príncipes cristianos y por el legado pontificio.
  • La empresa de Federico II en 1228-1229 partió de la iniciativa del emperador, que actuó sin el respaldo del papa y alcanzó sus objetivos mediante un tratado.
  • La primera buscó quebrar el poder ayubí mediante la ocupación de un centro estratégico egipcio.
  • La segunda procuró obtener concesiones territoriales por medio de la negociación con el sultán.
  • La derrota de 1221 terminó con la devolución de Damieta; el acuerdo de 1229 permitió el retorno de Jerusalén al control cristiano durante un período limitado.

La numeración de las cruzadas puede variar cuando los historiadores clasifican la campaña de Federico. La tradición más extendida la trata como la Sexta cruzada, pero algunas síntesis la relacionan directamente con el fracaso de la Quinta.2

Valoración histórica

Éxitos militares y fracaso estratégico

La conquista de Damieta demostró la capacidad de los cruzados para organizar una operación anfibia y sostener un asedio prolongado lejos de Europa. El puerto egipcio constituía una adquisición de enorme importancia, tanto militar como económica. Sin embargo, los dirigentes no lograron convertir la victoria en una solución política.

El fracaso tuvo varias causas:

  • Rivalidad entre Juan de Brienne y el cardenal Pelayo.
  • Falta de unidad entre los príncipes.
  • Ausencia de Federico II durante la fase decisiva.
  • Dificultades de abastecimiento.
  • Subestimación del terreno egipcio y del comportamiento del Nilo.
  • Rechazo de ofertas diplomáticas que podían haber proporcionado una ventaja territorial.
  • Avance hacia El Cairo sin asegurar suficientemente la retaguardia.

La derrota de Mansura puso de manifiesto los límites de una coalición en la que la autoridad religiosa, la soberanía monárquica y los intereses particulares no coincidían.

La dimensión religiosa

Para los participantes latinos, la cruzada poseía una dimensión penitencial y espiritual. Tomar la cruz implicaba asumir una peregrinación armada vinculada a la defensa o recuperación de los lugares santos. El IV Concilio de Letrán presentó la empresa como una responsabilidad de la cristiandad y promovió medidas para facilitar su financiación y organización.1

La categoría medieval de cruzada no equivale sin más a las concepciones modernas de guerra, nación o imperialismo. Los actores del siglo XIII actuaban dentro de un universo religioso y político en el que la peregrinación, la penitencia, la defensa de territorios cristianos, la legitimidad dinástica y la obediencia feudal podían integrarse en una misma empresa.

Esta comprensión histórica no elimina la violencia de las operaciones militares ni el sufrimiento de las poblaciones afectadas. La toma de Damieta causó una elevada mortalidad entre sus habitantes; una relación medieval atribuye a la conquista la supervivencia de apenas tres mil personas entre una población estimada de setenta mil.4

Cristianos y musulmanes

La Quinta cruzada enfrentó militarmente a los ejércitos latinos y al sultanato ayubí, pero también produjo contactos diplomáticos y religiosos. Al-Malik al-Kamil aparece como un dirigente capaz de combinar la resistencia militar con propuestas de negociación. Sus ofertas de intercambio territorial muestran que la diplomacia formaba parte de la política ayubí, incluso durante una guerra santa cristiana.5

El encuentro entre san Francisco y el sultán constituye el episodio más conocido de contacto religioso durante la campaña. Francisco acudió como predicador y no como negociador político. Su actitud permite distinguir entre la misión cristiana, la controversia religiosa y la acción armada de los ejércitos cruzados.6,5

Consecuencias

Para el reino de Jerusalén

La retirada de Egipto dejó al reino de Jerusalén sin la conquista territorial que debía garantizar su seguridad. La expedición no eliminó la amenaza ayubí ni estableció una base permanente en el delta del Nilo.

La diplomacia de Federico II obtuvo posteriormente la restitución de Jerusalén, pero el acuerdo carecía de estabilidad duradera. El reino continuó dependiendo de treguas, fortificaciones, alianzas y ayuda procedente de Europa. Las divisiones internas entre los barones y las disputas sobre la regencia imperial debilitaron todavía más la posición cristiana.7

Para el Papado

La Quinta cruzada mostró tanto la fuerza como las limitaciones del programa pontificio. El Papado podía convocar una expedición internacional, otorgar legitimidad religiosa y movilizar recursos, pero no podía imponer fácilmente una disciplina común a reyes, nobles y contingentes militares.

Honorio III tuvo que equilibrar dos necesidades contradictorias: necesitaba a Federico II para dirigir una gran campaña, pero temía que la unión del Imperio y Sicilia fortaleciera demasiado a los Hohenstaufen y redujera la libertad de acción pontificia. La política de aplazamientos reflejó esa dependencia.3

La ruptura con Federico bajo Gregorio IX convirtió la cruzada en un escenario más de la confrontación entre el Papado y el Imperio. La cuestión de Tierra Santa quedó vinculada a la lucha por la jurisdicción eclesiástica, la soberanía italiana y la autoridad universal de ambas instituciones.8,9

Para la historia de las cruzadas

La Quinta cruzada anticipó el método que adoptarían otras expediciones del siglo XIII: atacar Egipto para negociar desde una posición de fuerza. La conquista de Damieta en 1219 y su nueva ocupación por san Luis en 1249 muestran la persistencia de esa estrategia. Sin embargo, las campañas posteriores también confirmaron sus riesgos: las crecidas del Nilo, la distancia, la falta de abastecimiento y la división entre los dirigentes podían transformar una victoria inicial en una catástrofe.2,4

La expedición también evidenció la transformación del movimiento cruzado. Ya no predominaba una movilización espontánea y masiva comparable a la de 1096. La cruzada dependía de la fiscalidad pontificia, de acuerdos diplomáticos, de flotas especializadas y de compromisos temporales de los príncipes. La distancia entre la convocatoria religiosa y la ejecución política aumentó progresivamente.

Interpretaciones historiográficas

La cruzada como empresa pontificia

Una interpretación concede prioridad a la iniciativa de Inocencio III, al IV Concilio de Letrán y al legado Pelayo. Desde esta perspectiva, la Quinta cruzada representa uno de los intentos más ambiciosos del Papado por coordinar militarmente a la cristiandad latina. El fracaso derivó, en buena medida, de la resistencia de los poderes temporales a aceptar una dirección común.1,3

La cruzada como coalición política

Otra interpretación insiste en la pluralidad de intereses que componían el ejército. Juan de Brienne buscaba asegurar el futuro del reino de Jerusalén; los príncipes europeos atendían a sus compromisos dinásticos; las ciudades marítimas protegían sus intereses comerciales; y el Papado defendía su programa universal. La campaña fracasó porque ninguno de estos objetivos consiguió subordinar de forma estable a los demás.

La importancia de la diplomacia

La comparación entre 1221 y 1229 permite valorar la diplomacia como una alternativa real a la conquista militar. Al-Malik al-Kamil ofreció concesiones durante el asedio de Damieta, pero las divisiones cristianas impidieron aprovecharlas. Federico II consiguió después un resultado territorial mediante el diálogo, aunque su iniciativa no recibió la aprobación pontificia y su posición canónica permanecía comprometida por la excomunión.5,9

La historiografía debe evitar presentar la diplomacia imperial como una simple «cruzada pacífica» o como una completa ruptura con la tradición cruzada. Federico seguía actuando como soberano cristiano vinculado por un voto y por una reivindicación dinástica sobre Jerusalén, pero eligió un instrumento político distinto del empleado por el ejército de Damieta.

Significado dentro de la historia de la Iglesia

La Quinta cruzada pertenece a una época en la que la Iglesia latina desarrolló una concepción muy amplia de su responsabilidad sobre la cristiandad. El Papado intervenía en la convocatoria de expediciones, en la resolución de conflictos entre príncipes y en la regulación de las obligaciones espirituales asociadas a la toma de la cruz.

Sin embargo, la expedición también reveló los límites de esa concepción. La autoridad espiritual del papa no anulaba la autonomía política de los reyes ni la autoridad jurídica del emperador. El fracaso de Damieta nació, en parte, de la dificultad para armonizar la dirección pontificia con la soberanía de los monarcas.

La campaña ofrece así un ejemplo especialmente claro de la tensión medieval entre unidad religiosa y pluralidad política. El Papado podía definir la finalidad espiritual de la empresa, pero necesitaba la cooperación de gobernantes que no aceptaban necesariamente una subordinación completa a la autoridad pontificia.

Conclusión

La Quinta cruzada fue una gran empresa pontificia que intentó recuperar Jerusalén mediante la conquista de Egipto. La toma de Damieta en 1219 constituyó un éxito militar notable, pero las divisiones entre los dirigentes, la pugna entre Juan de Brienne y el cardenal Pelayo y el avance imprudente hacia El Cairo provocaron la derrota de Mansura y la evacuación de la ciudad en 1221.1,2

La posterior recuperación temporal de Jerusalén por Federico II en 1229 pertenece a una iniciativa diplomática imperial y no debe confundirse sin más con la campaña militar de 1217-1221. La diferencia ilumina la compleja relación entre Papado, Imperio y monarquías cruzadas: la Iglesia autorizaba y dirigía espiritualmente la cruzada, mientras los soberanos defendían sus propios intereses dinásticos y territoriales. La Quinta cruzada terminó en fracaso militar, pero dejó una huella decisiva en la evolución de las estrategias cruzadas, en la política pontificia y en la relación entre guerra, diplomacia y misión cristiana.

Citas y referencias

  1. Cruzadas. Enciclopedia Católica, Cruzadas (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15
  2. Cruzadas, la, Edward G. Farrugia. Diccionario Enciclopédico del Oriente Cristiano, Cruzadas, la (2015). 2 3 4 5 6 7 8
  3. Papa Honorio III. Enciclopedia Católica, Papa Honorio III (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10
  4. Damieta. Enciclopedia Católica, Damieta (1913). 2 3 4 5 6
  5. Carol y Philip Zaleski. San Francisco, la Iglesia Católica y el Islam, 3 (2015). 2 3 4 5
  6. Carol y Philip Zaleski. San Francisco, la Iglesia Católica y el Islam, 2 (2015). 2
  7. Reino latino de Jerusalén (1099-1291). Enciclopedia Católica, Reino latino de Jerusalén (1099-1291) (1913). 2 3
  8. Federico II. Enciclopedia Católica, Federico II (1913). 2
  9. Papa Gregorio IX. Enciclopedia Católica, Papa Gregorio IX (1913). 2 3 4
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