La situación de los Estados latinos
La derrota de los cruzados frente a Saladino y la pérdida de Jerusalén en 1187 habían dejado al reino latino de Jerusalén reducido a una franja costera del Levante. La Tercera cruzada recuperó Acre y permitió cierta continuidad política cristiana, pero no restableció el dominio sobre la Ciudad Santa. La tregua entre Ricardo Corazón de León y Saladino en 1192 garantizó una presencia cristiana limitada, aunque Jerusalén permaneció bajo control musulmán.2
A comienzos del siglo XIII, los dirigentes latinos comprendieron que la defensa de Tierra Santa exigía algo más que incursiones en Siria y Palestina. El reino de Jerusalén carecía de profundidad territorial, recursos suficientes y estabilidad política. Egipto, en cambio, constituía el centro demográfico, agrícola y fiscal del sultanato ayubí. Desde sus puertos y desde el valle del Nilo, los gobernantes egipcios podían sostener la presión militar sobre los enclaves cristianos de la costa levantina.
La elección de Egipto como objetivo no nació, por tanto, de una desviación accidental, sino de una estrategia militar razonada. La dirección cruzada pretendía conquistar una posición decisiva y utilizarla como medio de presión para obtener la restitución de Jerusalén y de otros territorios cristianos.
La iniciativa de Inocencio III
El papa Inocencio III promovió una nueva expedición a partir de 1213. El proyecto recibió una formulación solemne en el IV Concilio de Letrán, inaugurado el 11 de noviembre de 1215. El concilio exhortó a los cristianos a tomar la cruz y fijó la partida para 1217.1
La convocatoria pontificia respondía a varios objetivos:
- Recuperar Jerusalén y proteger los lugares santos.
- Reforzar los Estados latinos de Oriente.
- Conseguir una participación coordinada de los príncipes europeos.
- Reducir las guerras entre los gobernantes cristianos, que debilitaban la empresa común.
- Organizar la financiación, la predicación y la disciplina de la expedición.
El proyecto de Inocencio III quedó afectado por su muerte en 1216. Su sucesor, Honorio III, heredó la responsabilidad de continuar la iniciativa y de lograr la participación del emperador Federico II, considerado por la Santa Sede el único soberano europeo con recursos suficientes para dirigir una campaña de gran alcance.3
La predicación de la cruzada
La predicación cruzada del siglo XIII ya no despertaba el entusiasmo unitario que había acompañado a la Primera cruzada. Los príncipes temían perder el control sobre sus territorios mientras sus fuerzas marchaban a Oriente. Además, las rivalidades dinásticas y las guerras europeas absorbían recursos militares y financieros. La empresa pontificia dependía así de una cooperación política difícil de alcanzar.1
En este ambiente apareció también el movimiento conocido como cruzada de los niños de 1212, una manifestación popular de religiosidad penitencial que pretendía alcanzar Tierra Santa. La iniciativa no formó parte de la Quinta cruzada oficial y terminó en tragedia: muchos participantes murieron durante el viaje y otros fueron víctimas de traficantes de esclavos.1
Conviene distinguir esta expresión de fervor religioso popular de la campaña militar convocada por la autoridad pontificia. La cruzada de los niños no fue una expedición organizada por el papa ni una operación militar aprobada por la Iglesia.
