La creación a imagen de Dios
La raíz de la enseñanza católica sobre la igualdad humana aparece en la doctrina de la creación. Cada ser humano ha sido creado a imagen de Dios y, por ello, posee una dignidad que no depende de la nacionalidad, el color de la piel, la cultura, la posición social o las capacidades personales.
El Compendio de la doctrina social de la Iglesia enseña que todas las personas tienen la misma dignidad como criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios. Esa dignidad constituye el fundamento último de la igualdad y la fraternidad entre los seres humanos, con independencia de su raza, nación, sexo, origen, cultura o clase.
La igualdad cristiana no significa que todas las personas posean las mismas capacidades, funciones o características. La humanidad presenta una legítima diversidad de talentos, culturas, historias y vocaciones. La injusticia aparece cuando alguien convierte esas diferencias en fundamento de dominación, desprecio o negación de derechos. La igualdad cristiana exige eliminar las diferencias injustas, no suprimir la legítima diversidad humana.
La fraternidad en Cristo
La encarnación del Hijo de Dios ofrece un fundamento adicional para la igualdad humana. Jesucristo asumió la naturaleza humana y entregó su vida por todos. La redención universal impide considerar a un grupo humano como ajeno al plan de salvación o inferior ante Dios.
San Pablo expresa esta unidad en Cristo al proclamar que ya no existen, dentro de la comunidad redimida, categorías que permitan establecer una superioridad espiritual entre pueblos o condiciones sociales. El Compendio relaciona esta enseñanza con la afirmación de que todos son uno en Cristo y con la fraternidad radical entre los seres humanos.
Juan Pablo II vinculó igualmente la igualdad fundamental de todos los seres humanos con la creación divina y con la redención realizada por Jesucristo. Para la Iglesia, la fraternidad cristiana no constituye únicamente un sentimiento de solidaridad: genera derechos y deberes concretos respecto de cada persona.
El amor al prójimo
La relación con Dios y la relación con los demás forman una unidad inseparable. La persona no puede invocar a Dios como Padre mientras trata a otro ser humano, creado a imagen divina, como inferior o indigno de respeto.
El Concilio Vaticano II enseña que no existe fundamento legítimo para ninguna teoría o práctica que establezca discriminaciones entre personas o pueblos en lo referente a la dignidad humana y a los derechos que derivan de ella. También condena expresamente toda discriminación o vejación por razón de raza, color, condición social o religión.
Por tanto, el racismo contradice el mandamiento del amor. No constituye simplemente una falta de cortesía o un problema cultural: rompe la comunión con el prójimo y hiere la relación con Dios. Una carta pastoral católica de 2023 lo describe como una negación del valor divino de la persona y como una ofensa a la presencia de Dios en cada ser humano.