La llegada de los exploradores
Josué envió en secreto a dos hombres desde Sitim para explorar Jericó. Ambos entraron en la casa de Rahab, a quien el libro identifica como prostituta. Cuando el rey de la ciudad supo que los israelitas habían llegado, ordenó a Rahab que los entregara. Ella los escondió bajo unos tallos de lino extendidos en la azotea y despistó a los enviados del rey, diciéndoles que los hombres ya habían salido de la ciudad.1
Rahab ayudó después a los exploradores a escapar por una ventana de su casa, situada en la muralla. Les recomendó que se ocultaran en la montaña durante tres días para evitar a sus perseguidores. Antes de despedirlos, les pidió que protegieran a su padre, a su madre, a sus hermanos y al resto de su familia cuando los israelitas tomaran la ciudad.1
La confesión de fe y el pacto
Rahab explicó su decisión por lo que había oído acerca de las acciones del Dios de Israel: la salida de Egipto y las victorias sobre los reyes amorreos Sijón y Og. A partir de esos relatos, reconoció que el Señor era Dios «en el cielo arriba y en la tierra abajo». Su confesión constituye el centro religioso del episodio: una mujer extranjera reconoce la soberanía del Dios de Israel antes de la entrada de los israelitas en Canaán.1
Los exploradores aceptaron proteger a Rahab y a los suyos, con la condición de que ella no revelara su misión y reuniera a su familia dentro de la casa. Como señal, Rahab debía atar a la ventana una cuerda de color escarlata. Ella cumplió las instrucciones y la cuerda quedó como señal de la alianza acordada.1
La salvación de Rahab y su familia
Cuando los israelitas conquistaron Jericó, Josué ordenó a los dos exploradores que cumplieran la promesa. Estos sacaron de la ciudad a Rahab, a sus padres, a sus hermanos y a sus parientes. El libro de Josué afirma que Rahab y su familia fueron preservados y que sus descendientes vivieron entre los israelitas.2
La narración vincula explícitamente su salvación con la protección que había ofrecido a los exploradores. La casa y la cuerda escarlata identifican, dentro del relato, el lugar donde los miembros de su familia debían permanecer para quedar bajo la protección prometida.1,2



