La maternidad divina
El fundamento principal de la realeza de María es su maternidad divina. María es la Madre de Jesucristo, que desde el primer instante de su concepción es verdaderamente hombre y verdaderamente Dios. Por la unión hipostática -la unión de la naturaleza humana y la naturaleza divina en la única Persona del Verbo-, el Hijo nacido de María es también Rey y Señor de todas las cosas.
El Evangelio anuncia que el Hijo concebido por María recibirá el trono de David, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y tendrá un reino sin fin. El mismo relato evangélico llama a María «la Madre del Señor». De esta relación entre la maternidad divina y la realeza de Cristo nace la dignidad real de María.
La Iglesia no entiende esta maternidad como un simple vínculo biológico. María es Madre del Redentor y Madre del Rey mesiánico prometido en las Escrituras. Por eso su realeza pertenece al orden de la gracia y de la relación única que Dios estableció entre ella y su Hijo.
La cooperación en la Redención
El segundo fundamento de la realeza mariana es la cooperación singular de María en la obra de la salvación. La Iglesia contempla a María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, Jesucristo. Esta cooperación no coloca a María al mismo nivel que Cristo, único Redentor y fuente de toda gracia, pero manifiesta su participación maternal y libre en el designio redentor.
María cooperó con la Redención:
- Dando al Hijo de Dios su propia humanidad.
- Aceptando libremente el anuncio de la Encarnación.
- Ofreciendo a Jesús al servicio de la salvación humana.
- Permaneciendo unida a Él durante su vida pública.
- Acompañándolo con fidelidad hasta la cruz.
- Perseverando en oración junto a la Iglesia naciente.
La tradición magisterial resume esta cooperación afirmando que María ayudó a la obra redentora mediante la entrega de su propia sustancia, la ofrenda libre de su Hijo y su deseo y solicitud singulares por la salvación de la humanidad.
La liturgia antigua expresa esta unión entre la realeza y el sufrimiento redentor al presentar a santa María como Reina junto a la cruz de Cristo. Su realeza no nace de una grandeza mundana, sino de la comunión con el Rey que vence mediante el amor y la entrega de sí mismo.
La Asunción y la glorificación celestial
La Asunción de María en cuerpo y alma constituye otro fundamento esencial de su realeza. Dios la llevó a la gloria celestial y la conformó plenamente con su Hijo glorificado. La realeza mariana aparece así vinculada a la Pascua de Cristo: quien participó de manera singular en su humillación y en su misión redentora participa también de modo eminente en su gloria.
El papa san Juan Pablo II relacionó la Ascensión de Cristo con la Asunción de María. Cristo, sentado a la derecha del Padre, comparte el poder soberano de Dios; María, elevada al cielo, participa de manera subordinada en la extensión del Reino de su Hijo y en la difusión de la gracia divina.
La glorificación de María no significa que haya dejado de pertenecer a la humanidad. Al contrario, su unión plena con Dios la hace más cercana a los hombres y mujeres necesitados de salvación. Desde la gloria, ejerce una maternidad espiritual orientada hacia la vida de la Iglesia.