En términos estrictamente éticos, la pregunta típica en medicina es si debe realizarse o continuarse la reanimación cuando el pronóstico es muy limitado o cuando el medio sería desproporcionado.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que interrumpir procedimientos médicos cuando son gravosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados respecto al resultado esperado puede ser legítimo; no se quiere causar la muerte, sino que se acepta la imposibilidad de impedirla. La decisión corresponde al paciente competente si es capaz, y si no lo es, a quienes estén legalmente facultados, respetando el querer razonable y los intereses legítimos.
Un testimonio histórico especialmente relevante aparece en un documento de la Santa Sede (1957), donde se aborda explícitamente el tema de la reanimación y su interrupción. Se afirma que, si la reanimación constituye en la práctica una carga para la familia que no se le puede imponer en conciencia, la familia puede legítimamente solicitar que el médico interrumpa los intentos y el médico puede hacerlo. Se recalca que no hay «disposición directa» sobre la vida del paciente ni eutanasia, pues la interrupción no es causa directa de la muerte, sino que se aplica el principio moral del doble efecto y el concepto de voluntarium in causa (responsabilidad por lo permitido o buscado en la causa).
Esta formulación ayuda a comprender un criterio práctico: la moral católica no autoriza «dejar morir» como fin, sino reconocer que, cuando la intervención ya no es proporcionada o solo añadiría sufrimiento, puede cesarse el intento sin convertirlo en un acto eutanásico.