El Primer Templo de Jerusalén, vinculado a la tradición bíblica con el reinado de Salomón, había sido el centro del culto de Judá. La conquista de Jerusalén por los babilonios y la deportación de parte de su población pusieron fin a aquel santuario. Durante el exilio, la restauración del culto en Jerusalén quedó asociada al regreso a la tierra de los antepasados y a la reorganización de la comunidad judía.1,2
En 538 a. C., Ciro, rey de Persia, permitió el retorno de los deportados. Los repatriados estuvieron encabezados por Zorobabel, descendiente de la casa real de Judá, y por el sacerdote Josué, hijo de Josedec. Su primera tarea religiosa consistió en levantar de nuevo el altar y reanudar los sacrificios prescritos por la Ley.2,3
La reconstrucción del santuario no fue, por tanto, una obra arquitectónica aislada. Formó parte de la recuperación de la vida religiosa de una comunidad que, tras el exilio, se organizó bajo el dominio persa y concedió un lugar central al culto y a la observancia de la Ley.4,5





