Orígenes y desarrollo
Tras la caída de Jerusalén y el exilio a Babilonia (586 a.C.), el rey persa Ciro permitió el regreso de los judíos y la reconstrucción del santuario (Esdras 1‑2). El edificio resultante, conocido como Segundo Templo, fue consagrado bajo el liderazgo de Zorobabel y más tarde ampliado por Herodes el Grande, quien le dio la magnificencia que describen los evangelios (Mateo 21:12‑13)1.
Función litúrgica y simbólica
En la tradición judía el templo representaba la morada terrenal de Dios, el punto de encuentro entre lo divino y la humanidad (cf. Heb 9:24). La liturgia del sacrificio, el altar de los holocaustos y el velo que separaba el Lugar Santo del Santo de los Santos estructuraban la vida religiosa del pueblo de Israel2.

