La exhortación nació en el contexto del Año Jubilar extraordinario de la Redención. Juan Pablo II relaciona la vida consagrada con la muerte y resurrección de Jesucristo, misterio del que brotan la vida de la Iglesia y su misión histórica. La llamada a la conversión y a la reconciliación con Dios alcanza a todos los bautizados, pero adquiere una particular importancia para quienes han consagrado su existencia mediante los consejos evangélicos.1
El documento pretende ayudar a las personas consagradas a comprender mejor su identidad, su dignidad y su misión. La exhortación no presenta la vida religiosa como una realidad aislada del resto de la Iglesia, sino como una forma particular de participación en la misión profética, sacerdotal y regia de Cristo.3
Juan Pablo II dirige su mensaje tanto a las comunidades contemplativas como a quienes ejercen diversas formas de apostolado: misiones, acción pastoral, atención a los enfermos, educación, enseñanza y servicio a las personas que sufren. La variedad de actividades no modifica el fundamento común de todas esas vocaciones: la respuesta al llamamiento de Cristo.2
