La enciclopedia católica en español

Redemptoris Missio

Redemptoris Missio es la octava encíclica del papa san Juan Pablo II, promulgada el 7 de diciembre de 1990, con el subtítulo Sobre la permanente validez del mandato misionero. El documento reafirma que la misión evangelizadora pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia, mantiene plena vigencia la misión ad gentes y reclama una renovación espiritual y pastoral para anunciar a Jesucristo en el mundo contemporáneo.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreRedemptoris Missio
CategoríaObra
Descripción1) Reafirmar la centralidad de Jesucristo como único Salvador. 2) Defender la permanente validez de la misión ad gentes. 3) Promover una renovación misionera que involucre obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.
AutorJuan Pablo II
Contexto HistóricoPublicada 25 años después del Concilio Vaticano II, en continuidad con el decreto Ad gentes y la exhortación Evangelii nuntiandi.
Fecha de Publicación1990-12-07
ImportanciaReafirma la naturaleza misionera de la Iglesia, define la misión ad gentes, la nueva evangelización y el papel del laicado, y aporta criterios para la evangelización en el mundo contemporáneo.
TemaMisión evangelizadora de la Iglesia
TipoEncíclica
Enlace oficialRedemptoris Missio

Tabla de contenido

Naturaleza y finalidad de la encíclica

El título latino Redemptoris Missio significa «La misión del Redentor». La encíclica toma su nombre de la misión que Jesucristo, Redentor de la humanidad, confió a la Iglesia y que continúa en la historia mediante la acción del Espíritu Santo.

Juan Pablo II publicó el documento en continuidad con el Concilio Vaticano II, especialmente con el decreto Ad gentes, y con la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de san Pablo VI. El Papa pretendía renovar el compromiso misionero de la Iglesia veinticinco años después de la clausura del Concilio y ante la percepción de que la misión entre los pueblos no cristianos había perdido impulso.1

La encíclica presenta tres objetivos principales:

  • Reafirmar la centralidad de Jesucristo como único Salvador de la humanidad.
  • Defender la permanente validez de la misión ad gentes, dirigida a quienes todavía no conocen el Evangelio.
  • Promover una renovación misionera que comprometa a obispos, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos.

Para Juan Pablo II, el debilitamiento del impulso misionero no constituye una cuestión secundaria. La historia de la Iglesia muestra que el ardor misionero acompaña su vitalidad; cuando ese ardor disminuye, aparece una crisis de fe.1

Contexto histórico y eclesial

La recepción del Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II había desarrollado una comprensión renovada de la Iglesia como realidad esencialmente misionera. La Iglesia no posee la misión como una actividad añadida a su identidad, sino que nace de la misión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La encíclica reconoce diversos frutos surgidos después del Concilio: el crecimiento de Iglesias locales con obispos, sacerdotes y agentes pastorales propios; una presencia cristiana más visible en la vida de los pueblos; una mayor participación de los laicos en la evangelización; y un diálogo más intenso con otras comunidades cristianas y con las religiones no cristianas.1

Sin embargo, Juan Pablo II detecta una tendencia negativa: la misión dirigida a los pueblos que todavía no conocen a Cristo parece perder importancia. El Papa interpreta esta situación como una llamada urgente a renovar la fe y la vida cristiana desde dentro.1

La nueva evangelización y la misión ad gentes

Redemptoris Missio distingue, sin separar, tres formas de la acción evangelizadora:

  1. La misión ad gentes, dirigida a pueblos y grupos donde Cristo y el Evangelio todavía no han sido conocidos o donde la Iglesia aún no ha arraigado.
  2. La atención pastoral ordinaria, destinada a los fieles que participan habitualmente en la vida de la Iglesia.
  3. La nueva evangelización, orientada a personas y sociedades de tradición cristiana que han perdido el sentido vivo de la fe.

La encíclica reconoce que las fronteras entre estas realidades no siempre pueden delimitarse con precisión. Aun así, defiende que la misión ad gentes posee una identidad propia y no debe diluirse dentro de la actividad general de la Iglesia.2

Estructura de la encíclica

El documento consta de una introducción, ocho capítulos y una conclusión:

  • Introducción: la urgencia de la misión.
  • Capítulo I: Jesucristo, único Salvador.
  • Capítulo II: el Reino de Dios.
  • Capítulo III: el Espíritu Santo, protagonista de la misión.
  • Capítulo IV: los vastos horizontes de la misión ad gentes.
  • Capítulo V: los caminos de la misión.
  • Capítulo VI: los responsables y agentes de la actividad misionera.
  • Capítulo VII: la cooperación en la actividad misionera.
  • Capítulo VIII: la espiritualidad misionera.
  • Conclusión: una nueva primavera misionera.

Jesucristo, único Salvador

El primer capítulo presenta el fundamento cristológico de toda misión. La Iglesia no anuncia simplemente valores religiosos, una ética humanista o un programa social. Anuncia a una Persona: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para la salvación de todos.

La encíclica sostiene que Cristo posee una significación universal y definitiva. Aunque pertenece a la historia, también constituye su centro y su meta. Por esta razón, la misión no puede sustituir el anuncio explícito de Jesucristo por una vaga referencia a Dios o por la promoción de ideales humanos desligados del Evangelio.3

La unicidad de Cristo no elimina el valor de la libertad humana ni autoriza formas de imposición religiosa. El Evangelio ofrece la verdad y la salvación, pero respeta la conciencia de cada persona. La Iglesia propone a Cristo; no lo impone por la fuerza.

Juan Pablo II rechaza una reducción horizontal de la fe. La evangelización incluye la defensa de la dignidad humana y la promoción de la justicia, pero su contenido esencial consiste en conducir al ser humano a la comunión con Dios por medio de Jesucristo.

El Reino de Dios

El segundo capítulo estudia el Reino de Dios, centro de la predicación de Jesús. La encíclica evita separar el Reino de la persona de Cristo. El Reino no constituye una ideología, una teoría política ni un programa social abierto a cualquier interpretación. Tiene el rostro de Jesús de Nazaret, porque en Él Dios manifiesta de manera plena su señorío salvador.3

El Reino presente y futuro

El Reino ya está presente en la persona, las palabras y las obras de Cristo. También actúa en la Iglesia y en la historia, aunque todavía no ha alcanzado su consumación definitiva. La Iglesia vive en tensión entre el «ya» de la salvación iniciada y el «todavía no» de su plenitud escatológica.

La predicación del Reino exige:

  • La conversión del corazón.
  • La acogida de la voluntad de Dios.
  • La fe en Jesucristo.
  • El servicio a los pobres y necesitados.
  • La práctica de la justicia y de la caridad.
  • La esperanza en la vida eterna.

Reino, Cristo e Iglesia

La Iglesia no se identifica sin más con la plenitud del Reino, pero mantiene con Cristo y con el Reino una relación inseparable. Cristo continúa su obra salvadora en la Iglesia, que anuncia el Evangelio, celebra los sacramentos y sirve a la llegada definitiva del Reino.

La acción eclesial no puede reducirse a construir una sociedad temporal más justa. La promoción humana pertenece a la misión cristiana, pero encuentra su orientación última en la salvación ofrecida por Dios.

El Espíritu Santo, protagonista de la misión

El tercer capítulo identifica al Espíritu Santo como el protagonista principal de la misión de la Iglesia. Los apóstoles, los misioneros y las comunidades cristianas actúan como instrumentos; el Espíritu Santo impulsa, guía y fecunda su trabajo.

Presencia universal del Espíritu

El Espíritu Santo actúa de modo singular en la Iglesia, pero su presencia no queda limitada por las fronteras visibles de la comunidad cristiana. Actúa en el corazón de toda persona, en las culturas, en la historia y también en las tradiciones religiosas, mediante las «semillas del Verbo». Estas semillas designan los signos de verdad, bondad y búsqueda de Dios presentes en las iniciativas humanas.4

La encíclica reconoce que el Espíritu puede preparar a los pueblos para recibir el Evangelio. Esta afirmación no convierte todas las religiones en equivalentes ni hace innecesaria la evangelización. La acción universal del Espíritu orienta hacia Cristo, en quien Dios ha ofrecido la plenitud de la revelación y de la salvación.

El Espíritu y la unidad de la Iglesia

La unidad eclesial posee una dimensión misionera. La división entre los cristianos debilita la credibilidad del anuncio, mientras que la comunión manifiesta el amor trinitario. La Iglesia resulta misionera no sólo por sus palabras y actividades, sino también por su modo de vivir la unidad en Cristo.

Los horizontes de la misión ad gentes

La misión ad gentes constituye una actividad fundamental, permanente e irrenunciable. Cristo envió a los apóstoles a todas las personas, pueblos y lugares; por ello, la Iglesia recibió una misión universal sin fronteras.5

Definición de la misión ad gentes

La misión ad gentes se dirige a:

  • Pueblos que todavía no creen en Cristo.
  • Comunidades alejadas del Evangelio.
  • Lugares donde la Iglesia aún no ha arraigado.
  • Ambientes cuya cultura todavía no ha recibido una influencia significativa del cristianismo.

Esta misión comprende tres tareas inseparables:

  1. Proclamar a Jesucristo y su Evangelio.
  2. Formar comunidades cristianas estables.
  3. Promover los valores del Reino de Dios.

La misión no termina con la primera conversión individual. Aspira a fundar Iglesias locales capaces de vivir la fe, celebrar la Eucaristía, formar ministros y evangelizar a su propio pueblo.

Los nuevos areópagos

Juan Pablo II llama «nuevos areópagos» a los ámbitos culturales y sociales que necesitan recibir el Evangelio. Entre ellos adquieren especial importancia:

  • El mundo de la comunicación.
  • La cultura científica y tecnológica.
  • La vida urbana.
  • La defensa de la paz y de los derechos humanos.
  • La lucha contra la pobreza.
  • La educación y la investigación.
  • Las relaciones internacionales.
  • Las migraciones y la movilidad humana.

La misión no queda limitada a territorios geográficos. También alcanza los espacios culturales donde se forman las ideas, las costumbres y las decisiones que afectan a la vida humana.

Fidelidad a Cristo y libertad humana

La Iglesia debe anunciar a Cristo por el camino que Él recorrió: pobreza, obediencia, servicio y entrega. La misión auténtica no se apoya en el poder político, la riqueza o la dominación cultural.6

La libertad religiosa constituye una condición fundamental para el bien común. La Iglesia defiende el derecho de toda persona a buscar la verdad y a vivir conforme a su conciencia. El anuncio cristiano respeta las culturas, reconoce sus elementos buenos y evita cualquier forma de coacción.6

Los caminos de la misión

El primer anuncio

La encíclica concede prioridad permanente al primer anuncio, es decir, a la proclamación inicial de Jesucristo como Salvador y Señor. La catequesis, la vida sacramental y la formación cristiana necesitan este fundamento evangelizador.

El primer anuncio invita a la conversión y conduce al bautismo. La conversión cristiana no consiste únicamente en adoptar una doctrina o incorporarse a una organización, sino en aceptar la gracia de Dios y orientar toda la vida hacia Cristo.

La fundación de Iglesias locales

La acción misionera busca formar comunidades cristianas dotadas de madurez propia. Una Iglesia local necesita:

  • Obispos y sacerdotes.
  • Diáconos y ministros adecuados.
  • Catequistas formados.
  • Vida consagrada.
  • Familias cristianas.
  • Instituciones educativas y caritativas.
  • Capacidad para anunciar el Evangelio dentro de su propia cultura.

La fundación de Iglesias locales evita una dependencia indefinida de los países tradicionalmente cristianos. La cooperación entre Iglesias debe expresar reciprocidad: cada Iglesia puede dar y recibir, incluso cuando atraviesa pobreza o escasez de recursos.7

La inculturación

La inculturación consiste en insertar el Evangelio en una cultura de modo que la fe pueda expresarse con categorías, símbolos, lenguajes y formas de vida comprensibles para un pueblo concreto.

La inculturación no equivale a adaptar el cristianismo sin criterio ni a aceptar todos los elementos de una cultura. Debe respetar dos principios:

El proceso requiere tiempo, discernimiento y participación de todo el Pueblo de Dios. La cultura contiene valores que pueden prepararse para el Evangelio, pero también límites, errores y estructuras de pecado. La fe transforma la cultura sin destruir sus riquezas legítimas.

El diálogo interreligioso

El diálogo con los seguidores de otras religiones forma parte de la misión evangelizadora. Permite el conocimiento mutuo, la cooperación y el enriquecimiento recíproco. No constituye una alternativa al anuncio de Cristo ni lo hace innecesario.9

La encíclica mantiene unidos dos elementos:

  • El diálogo, que reconoce las semillas de verdad y santidad presentes en otras tradiciones.
  • La proclamación, que anuncia a Jesucristo como camino, verdad y vida.

El diálogo y la evangelización no deben confundirse ni excluirse. La Iglesia respeta la conciencia de quienes pertenecen a otras religiones y, al mismo tiempo, conserva el deber de anunciar el Evangelio.

Promoción humana y salvación

La misión cristiana incluye la defensa de la dignidad humana, la lucha contra la injusticia y la atención a los pobres. No obstante, la evangelización no puede reducirse a un proyecto de desarrollo económico o de transformación política.

La liberación humana y la salvación cristiana mantienen vínculos estrechos, pero no son idénticas. La acción social de la Iglesia encuentra su sentido completo cuando queda integrada en el plan salvador de Dios y orientada hacia la comunión con Él.10

Responsables y agentes de la misión

El Colegio de los Obispos

La responsabilidad misionera corresponde en primer lugar al Colegio de los Obispos, unido al papa, sucesor de Pedro. Cada obispo debe preocuparse no sólo por su diócesis, sino por la misión universal de la Iglesia.

Las Iglesias particulares han de mantener una actitud generosa hacia las necesidades de otras Iglesias. La cooperación puede incluir el envío de sacerdotes, misioneros, recursos materiales y personal especializado.7

Los misioneros

Los institutos misioneros poseen una vocación específica para anunciar el Evangelio donde todavía no ha arraigado. Su servicio incluye:

  • El primer anuncio.
  • La formación de catequistas.
  • La educación cristiana.
  • La atención sanitaria y social.
  • La traducción y difusión de la Escritura.
  • La preparación de dirigentes locales.
  • El acompañamiento de las nuevas comunidades.

La encíclica mantiene la necesidad de estas vocaciones específicas dentro de una Iglesia en la que todos participan de la misión.

Los sacerdotes diocesanos

El sacerdote diocesano también posee una responsabilidad universal. Su ministerio no puede quedar encerrado en las necesidades inmediatas de su propia comunidad. La celebración de la Eucaristía, la predicación, la reconciliación y la formación cristiana tienen siempre una dimensión misionera.

La vida consagrada

Las personas consagradas ofrecen un testimonio particularmente valioso mediante la entrega total a Dios y el servicio a los pueblos. Las religiosas y los religiosos desempeñan tareas de evangelización, educación, asistencia a los enfermos, promoción humana y diálogo cultural.

Su consagración manifiesta que el Evangelio puede vivirse con radicalidad y que la misión nace de la unión con Cristo.

Los catequistas

Los catequistas ocupan un lugar esencial, especialmente en comunidades jóvenes o en territorios donde faltan sacerdotes. Su servicio abarca la transmisión de la fe, la preparación sacramental, la oración comunitaria y el acompañamiento de las familias.

La formación doctrinal, espiritual y pastoral de los catequistas constituye una prioridad para las Iglesias locales.

Los fieles laicos

Todos los laicos son misioneros en virtud del bautismo. Participan en la misión sacerdotal, profética y real de Cristo, tanto individualmente como asociados con otros fieles.11

Su ámbito propio comprende especialmente:

El carácter secular del laico le permite llevar el Evangelio a ambientes donde la acción directa de sacerdotes y religiosos resulta limitada. La misión laical no constituye una colaboración opcional, sino un derecho y un deber derivados de la dignidad bautismal.11

La cooperación misionera

La cooperación misionera adopta diversas formas.

Cooperación espiritual

La oración, el sacrificio y la unión con Cristo sostienen la fecundidad de la misión. La actividad misionera no depende sólo de técnicas pastorales, recursos económicos o estrategias de comunicación. Su fuente última está en la gracia de Dios.

Cooperación material

Las comunidades cristianas contribuyen mediante ayudas económicas, proyectos educativos, asistencia sanitaria, construcción de templos y formación de agentes pastorales. La ayuda material debe respetar la dignidad de los pueblos y favorecer su responsabilidad, evitando crear dependencias permanentes.

Cooperación personal

Numerosos fieles participan directamente en tareas misioneras durante periodos breves o prolongados. También pueden colaborar profesionales, familias, jóvenes, educadores y trabajadores especializados.

La movilidad humana plantea nuevos desafíos. Las migraciones, los desplazamientos laborales y las sociedades multiculturales convierten cada diócesis en un espacio potencialmente misionero.

Cooperación entre Iglesias

La cooperación debe funcionar en ambas direcciones. Las Iglesias con mayor número de recursos pueden ayudar a otras, pero también reciben de ellas testimonio de fe, vocaciones, experiencia comunitaria y riqueza espiritual. La comunión eclesial impide concebir la misión como una relación unilateral entre donantes y receptores.7

Estructuras de coordinación

La encíclica atribuye una función central a la entonces Congregación para la Evangelización de los Pueblos, encargada de orientar y coordinar la actividad misionera mundial.

Entre sus responsabilidades figuraban:

  • Reclutar y distribuir misioneros.
  • Atender las necesidades más urgentes.
  • Elaborar planes de evangelización.
  • Ofrecer normas y orientaciones.
  • Ayudar en las primeras etapas de las nuevas Iglesias.
  • Coordinar la cooperación entre diócesis, institutos y organizaciones misioneras.

Juan Pablo II pide una colaboración fiel entre este organismo, las conferencias episcopales, los superiores religiosos, las Iglesias locales y las asociaciones laicales. La coordinación debe respetar las competencias propias de cada autoridad y favorecer una acción común.12

Espiritualidad misionera

El octavo capítulo describe los rasgos de una espiritualidad misionera auténtica.

Docilidad al Espíritu Santo

El misionero necesita escuchar al Espíritu Santo, discernir sus caminos y aceptar que la evangelización pertenece ante todo a Dios. La eficacia apostólica no depende exclusivamente de la capacidad personal.

Unión con Cristo

La oración, la Eucaristía, la meditación de la Palabra de Dios y la conversión constante sostienen la misión. Quien anuncia a Cristo debe vivir unido a Él.

Caridad apostólica

La misión nace del amor a Dios y a la humanidad. El misionero no actúa por afán de conquista, prestigio o superioridad cultural, sino por el deseo de compartir la salvación recibida.

Amor a la Iglesia

La espiritualidad misionera requiere amor a la Iglesia universal y a las Iglesias particulares. El misionero supera el aislamiento nacional, cultural o institucional y trabaja en comunión con otros agentes evangelizadores.

Servicio y sacrificio

La misión puede exigir pobreza, incomprensión, soledad, enfermedad o persecución. El misionero sigue el camino de Cristo, que realizó su obra mediante el servicio y la entrega de la propia vida.

Santidad

La santidad constituye la condición fundamental de la misión. La Iglesia necesita evangelizadores cuya vida confirme el contenido de su anuncio. La credibilidad del Evangelio depende en gran medida del testimonio de caridad, humildad, pureza de intención y entrega.

María, modelo de la misión

La Virgen María ocupa un lugar destacado en la perspectiva misionera de la encíclica. Ella acogió a Cristo, lo ofreció al mundo y acompañó a la Iglesia naciente. Por eso representa el modelo de la Iglesia evangelizadora.

María enseña:

  • La disponibilidad ante Dios.
  • La escucha de la Palabra.
  • La humildad en el servicio.
  • La perseverancia junto a la cruz.
  • La esperanza en la resurrección.
  • La maternidad espiritual hacia todos los pueblos.

La Iglesia realiza su misión con María y siguiendo su ejemplo de amor maternal, que inspira a quienes colaboran en el renacimiento espiritual de la humanidad.13

Importancia doctrinal y pastoral

Redemptoris Missio ocupa un lugar relevante en el magisterio contemporáneo sobre la evangelización por varias razones:

  • Reafirma que la Iglesia es misionera por su propia naturaleza.
  • Presenta la misión desde una base trinitaria, cristológica y pneumatológica.
  • Defiende la unicidad salvífica de Jesucristo.
  • Mantiene la distinción entre misión ad gentes, atención pastoral y nueva evangelización.
  • Integra el diálogo interreligioso dentro de la misión sin sustituir el anuncio explícito.
  • Reconoce la acción del Espíritu Santo fuera de las fronteras visibles de la Iglesia.
  • Sitúa la inculturación bajo el criterio del Evangelio y de la comunión eclesial.
  • Atribuye a todos los bautizados una responsabilidad evangelizadora.
  • Vincula la promoción humana con la salvación sin reducir una a la otra.
  • Reclama una espiritualidad fundada en la santidad y la caridad apostólica.

Recepción y vigencia

La encíclica continúa ofreciendo criterios para interpretar la evangelización en sociedades secularizadas, multiculturales y religiosamente plurales. Su insistencia en que la misión ad gentes conserva plena validez impide reducir la acción de la Iglesia a la conservación interna de las comunidades ya existentes.

También conserva actualidad su equilibrio entre anuncio y diálogo, entre defensa de la libertad y proclamación de la verdad, entre promoción humana y salvación, y entre la responsabilidad de las Iglesias locales y la comunión universal.

La misión no constituye una actividad reservada a especialistas. Compromete a toda la Iglesia: diócesis, parroquias, familias, comunidades, institutos religiosos, asociaciones y fieles laicos. La evangelización nace de la fe y, al mismo tiempo, fortalece la fe de quienes evangelizan.1,11

Conclusión

Redemptoris Missio presenta la misión como una exigencia permanente del bautismo y como una dimensión esencial de la Iglesia. Jesucristo es el centro del anuncio, el Reino de Dios constituye su horizonte, y el Espíritu Santo dirige su realización en la historia.

La encíclica llama a superar el cansancio, el aislamiento y la reducción de la evangelización a tareas sociales. Invita a anunciar a Cristo con respeto, valentía y caridad; a formar Iglesias locales maduras; a dialogar con las culturas y las religiones; y a vivir la santidad como fuente de toda fecundidad apostólica.

La misión ad gentes permanece, por tanto, como una tarea fundamental, permanente e irrenunciable de la Iglesia.2,5

Citas y referencias

  1. Introducción, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 2 (1990). 2 3 4 5
  2. Capítulo IV - Los vastos horizontes de la misión ad gentes - La misión ad gentes mantiene su valor, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 34 (1990). 2
  3. Un giro misional, Marc Ouellet. «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!», I (1994). 2
  4. Redemptoris missio, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 28 (1990).
  5. Capítulo IV - Los vastos horizontes de la misión ad gentes, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 31 (1990). 2
  6. Capítulo IV - Los vastos horizontes de la misión ad gentes - Fidelidad a Cristo y la promoción de la libertad humana, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 39 (1990). 2
  7. Redemptoris missio, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 64 (1990). 2 3
  8. A. Do-Carmo-Cheuiche. Evangelización e inculturación, 16 (1992).
  9. Capítulo V - Los caminos de la misión - Diálogo con nuestros hermanos y hermanas de otras religiones, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 55 (1990).
  10. C. Basevi. Promoción humana y salvación cristiana en la declaración de la Comisión Teológica Internacional (Sept. 1976), 27 (1978).
  11. Capítulo VI - Líderes y trabajadores en el apostolado misionero - Todos los laicos son misioneros por bautismo, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 71 (1990). 2 3
  12. Redemptoris missio, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 75 (1990).
  13. Stratford Caldecott. Sobre las respuestas a los documentos de la conferencia, 2 (1994).
Modificado el 31 de agosto de 2026 • Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónPermalink: ark:28736/3zmgf21hv

Logo Wikitólica
Autor:
Artículo supervisado por el Comité editorial de Wikitólica. Las afirmaciones del artículo están basadas y contrastadas usando fuentes catolicas: escritos patrísticos, de santos, artículos teológicos, documentos históricos, actas de concilios, encíclicas, fuentes magisteriales y documentos oficiales de la Iglesia. Proceso editorial →