La vida humana desde la concepción
La antropología cristiana sostiene que el cuerpo humano no constituye simplemente un conjunto de células. Desde las primeras etapas, el organismo embrionario se desarrolla conforme a un programa propio y orientado a su maduración.
La instrucción Dignitas personae, al recoger el criterio fundamental de Donum vitae, enseña que el fruto de la generación humana reclama respeto incondicional desde la formación del cigoto. La persona debe recibir trato personal desde la concepción, incluido el reconocimiento de su derecho inviolable a la vida.
Este principio no depende de la edad, del grado de desarrollo, del estado de salud, de la autonomía, de la voluntad de los progenitores ni de la aceptación social. Juan Pablo II afirmó que la dignidad del embrión no procede de una concesión de los padres, del personal médico o del Estado, sino que le pertenece por su propia condición humana.
La reducción como aborto selectivo
La Congregación para la Doctrina de la Fe califica la reducción embrionaria como un aborto voluntario selectivo. La razón moral reside en que la intervención elimina de manera deliberada y directa a uno o varios seres humanos inocentes en el inicio de su existencia. Por ello, la práctica constituye siempre un grave desorden moral.
La calificación moral no cambia cuando la intervención pretende conservar otros embriones o fetos. La supervivencia de algunos no convierte en lícita la eliminación directa de los demás. El Magisterio juzga el acto atendiendo a su objeto inmediato: la muerte intencionada de una vida humana inocente.,
Juan Pablo II consideró gravemente ilícita la reducción cuando la concepción múltiple ocurre en el curso normal de las relaciones matrimoniales y la calificó de doblemente reprochable cuando deriva de una procreación artificial. La diferencia afecta al origen de la concepción, pero no disminuye la obligación de respetar absolutamente al niño ya concebido.