La expresión reforma benedictina puede utilizarse en dos sentidos:
- En sentido amplio, comprende toda renovación de monasterios que adoptaron la Regla de san Benito como norma fundamental.
- En sentido estricto, alude a las reformas emprendidas dentro de la tradición benedictina para corregir relajaciones, recuperar la disciplina común y adaptar la organización monástica a nuevas circunstancias.
La Regla de san Benito no creó inicialmente una orden centralizada en el sentido moderno. Cada monasterio poseía una considerable autonomía bajo la autoridad de su abad. La expansión del monacato benedictino produjo, por ello, una realidad plural, con diferencias litúrgicas, disciplinares y administrativas entre regiones y abadías. La reforma benedictina nació, en buena medida, como respuesta a esa diversidad y a la incorporación de intereses feudales en la vida monástica.
La tradición benedictina consideró la renovación como un proceso recurrente. Las relajaciones de la observancia podían aparecer en una comunidad concreta, pero también podían impulsar una recuperación de la pobreza, la oración, el trabajo y la estabilidad monástica. La historia benedictina conoció así ciclos de decadencia y restauración, sin quedar reducida a una única etapa de corrupción generalizada.1



