La reforma gregoriana estuvo estrechamente relacionada con la transformación del sistema de elección del papa. Durante siglos, la elección pontificia dependió de un equilibrio inestable entre el clero romano, el pueblo de Roma, la aristocracia local y los emperadores.
La influencia imperial
En los siglos anteriores, los emperadores habían adquirido una influencia considerable sobre las elecciones papales. Otón III intervino en la designación de Gregorio V y Silvestre II, mientras que Enrique III desempeñó un papel decisivo en la elevación de Clemente II, Dámaso II, León IX y Víctor II. Aunque la confirmación de los electores jurídicos seguía siendo necesaria, la presión imperial condicionaba claramente el resultado.
Enrique III recibió también una posición privilegiada en los asuntos romanos. La autoridad imperial alcanzó entonces uno de sus momentos culminantes, pero la reforma posterior buscó reducir progresivamente esa dependencia.
El decreto In nomine Domini de 1059
El cambio decisivo llegó durante el pontificado de Nicolás II. En el sínodo celebrado en Letrán en 1059, el decreto In nomine Domini estableció nuevas normas para la elección papal.
La disposición concedió el papel principal a los cardenales, especialmente a los cardenales obispos. Estos debían examinar inicialmente a los candidatos y, junto con los demás cardenales, proceder a la elección. El clero y el pueblo de Roma conservarían una función de aprobación o aclamación, pero dejarían de controlar el proceso. El emperador podía recibir una consideración especial, aunque ya no disfrutaba del derecho ordinario de designar al papa.,
La norma transformó la relación de fuerzas entre el papado y el Imperio. La elección dejó de depender principalmente de la voluntad imperial y pasó a organizarse alrededor del colegio cardenalicio. El emperador conservaba una referencia honorífica y una posibilidad de confirmación, pero la designación efectiva correspondía a la Iglesia romana.
La corte alemana rechazó esta reducción de sus prerrogativas. La elección de Alejandro II provocó una reacción imperial y la designación de un antipapa, Cadalo de Parma, conocido como Honorio II. El conflicto terminó favoreciendo a Alejandro II, reconocido en Mantua en 1067.,
Consecuencias a largo plazo
El decreto de 1059 no creó inmediatamente el sistema electoral moderno, pero proporcionó la base de su desarrollo posterior. La elección papal se convirtió progresivamente en una competencia propia del colegio cardenalicio. Más adelante, Alejandro III estableció que ningún candidato pudiera considerarse elegido sin obtener dos tercios de los votos de los cardenales, para evitar elecciones disputadas.
Este proceso debilitó la tutela imperial sobre el papado y reforzó la concepción de la Santa Sede como autoridad autónoma dentro de la cristiandad latina.