La Iglesia Católica respondió a la Reforma Protestante con el Concilio de Trento (1545-1563) y el movimiento conocido como la Contrarreforma,.
El Concilio de Trento
El Concilio de Trento fue el decimonoveno concilio ecuménico, convocado para abordar la situación de la Iglesia ante la propagación del protestantismo,. Su objetivo principal fue la determinación definitiva de las doctrinas de la Iglesia en respuesta a las herejías protestantes, y la ejecución de una reforma profunda de la vida interna de la Iglesia mediante la eliminación de numerosos abusos.
El concilio abordó cuestiones litúrgicas y de piedad popular desde una perspectiva doctrinal y cultual. Se denunciaron errores, se condenaron abusos y se defendió la fe y la tradición litúrgica de la Iglesia. El decreto De reformatione generali propuso un programa pastoral para la instrucción litúrgica del pueblo, cuya activación fue encomendada a la Santa Sede y a los obispos.
Aunque el Concilio de Trento no definió el primado papal debido a fuertes «contratendencias episcopales», especialmente en Francia, la Iglesia Católica se centralizó cada vez más en doctrina, liturgia y actividad misionera después de Trento. El papado se convirtió en un foco importante en la controversia con el protestantismo sobre la verdadera fe, y su autoridad se fortaleció en el período post-tridentino, marcando la identidad confesional católica romana.
El Concilio de Trento también estableció la norma de que los sínodos diocesanos debían celebrarse anualmente y los sínodos provinciales cada tres años, para transmitir el impulso de las reformas tridentinas a toda la Iglesia. Ejemplos de esto fueron San Carlos Borromeo en Milán y Santo Toribio de Mogrovejo en América, quienes convocaron numerosos sínodos.
La Contrarreforma
El término Contrarreforma se refiere al período de renacimiento católico desde el pontificado del Papa Pío IV (1560) hasta el final de la Guerra de los Treinta Años (1648). Aunque el nombre sugiere que el movimiento católico fue posterior al protestante, la reforma en realidad comenzó en la Iglesia Católica antes de Lutero, y continuó ganando terreno en el sur católico.
La Contrarreforma no fue simplemente una reacción, sino un ejercicio de reforma en sí misma, con un énfasis en la «reformatio in pristinum» (reforma hacia lo anterior) y la «reformatio ad melius» (reforma para lo mejor). Se buscó la recuperación de la ortodoxia teológica y la innovación en la disciplina y la catequesis. La preocupación principal era la cura animarum (cuidado de las almas), buscando superar la brecha entre la erudición teológica y la fe vivida.
Este período vio un fortalecimiento de la autoridad papal y el surgimiento de nuevas órdenes religiosas como los jesuitas, que desempeñaron un papel crucial en la reforma tridentina y la misión, contribuyendo a la autoridad del papado,. Figuras santas como San Carlos Borromeo, el Papa Pío V, Santa Teresa de Ávila y San Roberto Belarmino fueron entusiastas partidarios de las reformas disciplinarias.
Un aspecto importante de la Reforma Católica fue el «igualitarismo salvífico», la noción de que el estatus social no tenía influencia en la salvación, lo que hizo que la espiritualidad católica fuera accesible a la gente común y facilitó su expansión global.