El discernimiento de espíritus consiste en juzgar qué origen y orientación tienen los movimientos interiores. La tradición cristiana ha distinguido entre un don especial de discernimiento, concedido para el bien de otras personas, y una capacidad que se adquiere mediante la oración, la reflexión y el conocimiento de la vida espiritual. En ambos casos, el discernimiento busca orientar la conducta hacia el bien.3
Las reglas ignacianas no ofrecen un método para adivinar el futuro ni una respuesta automática a cualquier decisión. Ayudan a leer la experiencia personal dentro del camino recorrido, atender a sus frutos y reconocer si conduce a una vida más fiel al Evangelio. Por eso, una misma emoción puede requerir interpretaciones distintas según la situación espiritual de quien la experimenta.2
En sentido más amplio, el discernimiento cristiano no consiste solo en elegir entre una opción buena y otra mala. También puede tratarse de reconocer, entre varias posibilidades buenas, cuál conduce a un mayor crecimiento en la vida cristiana y a una identificación más profunda con Cristo.4



