La doctrina católica vincula la rehabilitación con los sacramentos de curación. En particular, se señalan como «sacramentos de sanación» el sacramento de la Penitencia y el sacramento de la Unción de los Enfermos, porque Cristo quiso que la Iglesia continuara su obra de curar y salvar con el poder del Espíritu Santo.
Aunque el desarrollo detallado en las fuentes aportadas se centra sobre todo en la Penitencia, el conjunto permite entender la rehabilitación como una obra sacramental, no meramente psicológica o social.
El sacramento de la Penitencia como rehabilitación del pecador
El Catecismo describe diversos nombres del sacramento de la Penitencia, que iluminan su finalidad rehabilitadora:
Es sacramento de conversión, porque hace presente sacramentalmente el llamamiento de Jesús a convertirse, como primer paso para volver al Padre.
Es sacramento de la Penitencia, porque consagra los pasos personales y eclesiales del cristiano: conversión, penitencia y satisfacción.
Es sacramento de confesión: la manifestación o confesión de los pecados a un sacerdote es un elemento esencial.
Es sacramento de perdón: la absolución sacerdotal concede al penitente perdón y paz.
Es sacramento de Reconciliación, porque comunica al pecador la vida de Dios que reconcilia: «reconcíliense con Dios».
Así, la rehabilitación aparece como reconciliación real: restablecer la relación con Dios y, de manera inseparable, la comunión herida con la Iglesia.
Arrepentimiento interior: el centro de la rehabilitación
El Catecismo subraya que la llamada a la conversión y la penitencia no pretende ante todo gestos externos («saco y ceniza», ayunos o mortificaciones) como si bastaran por sí solos. El objetivo primero es la conversión del corazón; sin ella, las penitencias externas resultan estériles o falsas.
La rehabilitación, por tanto, no es solo cambio conductual: es cambio del corazón, con repugnancia por el mal cometido y con la firme intención de vivir de modo distinto.
Además, se enseña que Dios da un corazón nuevo y que la conversión es ante todo obra de la gracia, que mueve a comenzar de nuevo con esperanza.
Formas concretas de penitencia en la vida diaria
La Iglesia enseña que la penitencia interior puede expresarse de muchas maneras, y destaca especialmente tres: ayuno, oración y limosna, porque expresan la conversión con respecto a uno mismo, a Dios y a los demás.
Asimismo, el Catecismo menciona medios orientados a la reconciliación y la restauración del bien: esfuerzo por reconciliarse con el prójimo, lágrimas de arrepentimiento, preocupación por la salvación del otro, intercesión de los santos y práctica de la caridad.
En consecuencia, la rehabilitación cristiana tiene una dimensión práctica: se realiza en gestos de reconciliación, en la defensa de la justicia y en la aceptación del sufrimiento por el bien.