La palabra reina aplicada a María no presenta a la Virgen como una divinidad ni como una autoridad independiente de Dios. En sentido propio y absoluto, Jesucristo es el único Rey, porque es verdadero Dios y verdadero hombre, Creador, Redentor y Señor de todas las cosas. María participa de su realeza de modo subordinado, dependiente y análogo, como criatura plenamente unida a su Hijo.
«Sólo Jesucristo, Dios y hombre, es Rey en sentido pleno y estricto; María, como Madre de Cristo Dios y asociada a Él en la obra de la redención, en su lucha contra los enemigos y en la victoria final, participa de su dignidad regia de manera limitada y análoga».1
La realeza de María deriva principalmente de tres realidades inseparables:
- Su maternidad divina: María es la Madre de Jesucristo, el Rey mesiánico.
- Su cooperación singular en la obra de la redención: participó maternalmente en la misión salvadora de su Hijo, especialmente mediante su unión con Él hasta la cruz.
- Su glorificación celestial: después de su Asunción, reina con Cristo en la gloria y ejerce una misión maternal de intercesión.
El título, por tanto, no añade una dignidad extraña a la maternidad de María, sino que manifiesta la plenitud de su misión maternal. La realeza constituye una consecuencia de su relación única con Cristo y de su servicio a la salvación.



