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Reinado de David en Israel

El reinado de David constituye uno de los momentos decisivos de la historia bíblica de Israel. David consolidó la unidad de las tribus, conquistó Jerusalén y la convirtió en capital, organizó un reino territorial y estableció una dinastía cuya promesa de permanencia alcanzaría su plenitud en Jesucristo. La Biblia presenta al monarca como pastor, guerrero, músico, gobernante y hombre de oración, pero también como pecador capaz de abusar gravemente de su poder. Precisamente en esa tensión entre elección divina, responsabilidad moral y misericordia nace la profundidad teológica de su figura.

Harpspelende koning David King David Playing the Harp
Ver información de la imagenHarpspelende koning David Rey David tocando el arpa, c. 1622. dQFEnSBuziiUpQ en Google Cultural Institute nivel máximo de zoom, Gerard van Honthorst, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreReinado de David en Israel
CategoríaPersona
Descripciónamado / predilecto
TítuloRey de Israel
Lugar de NacimientoBelén
Contexto Bíblico1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes 1-2, 1 Crónicas
Contexto HistóricoMonarquía unida de Israel, siglo X-a.C.
Duración40 años
EnseñanzasLiderazgo al servicio del pueblo, necesidad de justicia y equidad, reconocimiento de la culpa y arrepentimiento, dependencia de la gracia divina.
Importancia EclesialFigura central del Antiguo Testamento; prefigura a Cristo como “Hijo de David” y modelo de oración, arrepentimiento y liderazgo pastoral.
Importancia HistóricaConsolida la unidad de las tribus israelitas, conquista Jerusalén y la establece como capital, funda la dinastía davídica prometida al Mesías.
PadreJesé
Pecados RelacionadosAdulterio con Betsabé, homicidio indirecto de Urías, abuso de poder mediante un censo.
TipoFigura bíblica, Rey
VirtudesPastor, músico, poeta, líder militar, devoto en oración.

Tabla de contenido

Nombre y significado de David

El nombre David procede probablemente del hebreo Dawid y suele relacionarse con el significado de «amado» o «predilecto». La tradición bíblica lo presenta como hijo de Jesé, natural de Belén, perteneciente a la tribu de Judá. Su elección rompe las expectativas humanas: no era el primogénito ni ocupaba una posición destacada dentro de su familia. Cuando Samuel acudió a ungir al futuro rey, Dios no quiso que el profeta juzgara por la apariencia exterior, sino que mirara el corazón. La vocación de David comenzó, por tanto, en la iniciativa gratuita de Dios y no en una candidatura política o militar.1

La elección de David lo vinculó a una misión que superaba su propia persona. El rey debía cuidar a Israel como un pastor cuida de su rebaño. La imagen pastoral no describe únicamente su juventud, sino también el ideal de su gobierno: proteger al pueblo, conducirlo, defenderlo de sus enemigos y procurar su sustento. La posterior tradición cristiana relacionará esta imagen con Cristo, el Buen Pastor, que entrega su vida por sus ovejas.1

Fuentes bíblicas para el conocimiento de su reinado

Los principales relatos sobre David aparecen en los libros de 1 Samuel, 2 Samuel y 1 Reyes 1-2. El libro de 1 Crónicas ofrece una presentación paralela, con especial interés por la organización cultual y por los preparativos para la construcción del templo.

Los relatos de Samuel no forman una biografía moderna. Su finalidad principal consiste en interpretar teológicamente la historia de Israel. Por ese motivo, los números y las cifras de duración, población o extensión territorial deben leerse con prudencia. La historiografía bíblica utiliza con frecuencia números redondos, esquemas cronológicos y cantidades simbólicas para expresar plenitud, totalidad, larga duración o importancia teológica. La afirmación de que David reinó cuarenta años, por ejemplo, comunica una etapa completa y decisiva, aunque no deba emplearse como una estadística moderna de precisión absoluta.

La Biblia tampoco oculta los aspectos sombríos del monarca. La narración une victorias militares, actos de piedad, decisiones políticas, pecados familiares y crisis sucesorias. Esta combinación evita convertir a David en un héroe idealizado y muestra que la elección divina no elimina la libertad ni la posibilidad de pecado.

David antes de ser rey

La unción en Belén

David era el menor de los hijos de Jesé y cuidaba los rebaños familiares. Samuel lo ungió por mandato de Dios, y el Espíritu del Señor descendió sobre él. La unción no significó que David comenzara inmediatamente a gobernar. Durante un largo periodo tuvo que vivir entre la corte de Saúl, el campo de batalla, la persecución y el exilio.

Este largo intervalo posee un valor teológico. La elección divina no equivale a una promoción instantánea. David recibió una misión, pero tuvo que madurar en medio de pruebas, peligros y decisiones difíciles. Su camino hacia el trono pasó por la paciencia y por la renuncia a apoderarse violentamente de aquello que Dios le había prometido.

David y Saúl

David entró en contacto con Saúl como músico capaz de aliviar la angustia del rey. Más tarde adquirió fama militar después de enfrentarse a Goliat, el guerrero filisteo. El episodio no presenta la victoria como resultado de una superioridad técnica: David confió en el Señor y rechazó la armadura de Saúl. Su honda, aparentemente insignificante frente a las armas del adversario, se convirtió en un signo de que Dios puede salvar mediante medios humildes.

La popularidad de David provocó los celos de Saúl. El rey intentó matarlo en varias ocasiones, y David tuvo que huir por el territorio de Judá y entre los filisteos. Durante este periodo reunió a su alrededor a un grupo de seguidores y actuó como jefe militar.

La relación entre ambos ofrece uno de los rasgos morales más complejos de la historia. David tenía razones para defenderse, pero en dos ocasiones rechazó matar a Saúl cuando pudo hacerlo. Consideró que Saúl, a pesar de su infidelidad, continuaba siendo el ungido del Señor. Esta actitud revela respeto por la autoridad recibida de Dios y una resistencia a convertir la elección propia en justificación de la violencia.

La llegada al trono

Rey de Judá en Hebrón

Después de la muerte de Saúl y de Jonatán, David consultó al Señor y se dirigió a Hebrón. Allí los hombres de Judá lo ungieron rey. Durante varios años gobernó únicamente sobre Judá, mientras la casa de Saúl conservaba influencia en las tribus del norte.

La etapa de Hebrón estuvo marcada por la rivalidad entre la casa de David y la casa de Saúl. Abner, jefe del ejército de Saúl, apoyó a Isbaal, hijo de Saúl. Las tensiones produjeron enfrentamientos y asesinatos, aunque David procuró distanciarse públicamente de aquellos crímenes. La unificación no nació de una concordia inmediata, sino de un proceso prolongado en el que intervinieron alianzas, conflictos internos y reconocimiento progresivo de la autoridad davídica.

Rey de todo Israel

Finalmente, los ancianos de las tribus acudieron a Hebrón y reconocieron a David como rey de todo Israel. La ceremonia incluyó una alianza ante el Señor y una nueva unción. La narración resume su reinado con una cifra simbólica de cuarenta años: siete años y seis meses en Hebrón sobre Judá, y treinta y tres años en Jerusalén sobre todo Israel y Judá.2

La fórmula empleada por las tribus recoge el ideal pastoral: David debía ser «pastor» y «gobernante» de Israel. La autoridad regia no pertenecía al rey como propiedad absoluta, sino como servicio delegado. La monarquía quedaba integrada en la alianza de Dios con el pueblo y sometida a la ley divina.3

Jerusalén, capital del reino

La conquista de la ciudad jebusea

David conquistó la fortaleza de Sión, ocupada por los jebuseos, y la convirtió en la Ciudad de David. Jerusalén ocupaba una posición estratégica entre las zonas septentrionales y meridionales del territorio. Su elección permitió al monarca disponer de una capital que no pertenecía originariamente a ninguna de las grandes tribus de Israel.

David fortificó la ciudad y desarrolló sus estructuras de gobierno. La llegada de artesanos y materiales enviados por Jirán, rey de Tiro, muestra la importancia de las relaciones diplomáticas y comerciales del nuevo reino. La Biblia interpreta el crecimiento de David como fruto de la asistencia del Señor y como un bien destinado al pueblo, no únicamente como exaltación personal del monarca.2

El traslado del Arca

David trasladó el Arca de la Alianza a Jerusalén con una solemne celebración. Este acto otorgó a la capital una dimensión religiosa que completaba su importancia política. Jerusalén no era únicamente el centro administrativo del reino: se convirtió en la ciudad vinculada a la presencia de Dios en medio de Israel.

La danza de David ante el Arca expresa alegría religiosa y humildad. El rey no aparece como dueño de lo sagrado, sino como un adorador que reconoce la primacía de Dios. Sin embargo, el episodio también muestra tensiones familiares y sociales, especialmente en la reacción de Mical, hija de Saúl y esposa de David.

David deseó construir una casa para el Señor, pero la profecía de Natán invirtió el proyecto: no sería David quien edificara una casa para Dios; Dios edificaría una casa para David. En el lenguaje bíblico, «casa» significa aquí una dinastía, una descendencia real estable.

Organización política y militar

Consolidación territorial

El reinado de David alcanzó su mayor expansión mediante campañas contra los filisteos, moabitas, arameos, edomitas, amonitas y amalecitas. Los relatos de 2 Samuel describen victorias y la incorporación de territorios tributarios. La tradición bíblica atribuye repetidamente el éxito militar a la acción del Señor, aunque también presenta la capacidad estratégica de David y la importancia de sus jefes militares.

La expansión política no debe interpretarse automáticamente como un mapa exacto del dominio efectivo de Jerusalén. Los relatos reales emplean fórmulas de amplitud y universalidad propias de la historiografía antigua. El lenguaje de «todo Israel» o de grandes territorios sometidos puede expresar la hegemonía de David, la dependencia tributaria de ciertos pueblos o la memoria idealizada de una época de poder.

Administración del reino

David estableció una estructura administrativa con responsables del ejército, de la cancillería, del registro y del culto. Joab ejerció como jefe militar; Josafat desempeñó funciones de cronista; Sadoc y Abiatar ejercieron el sacerdocio; Seraías actuó como secretario; y Benaías dirigió la guardia real. La organización descrita por 2 Samuel y 1 Crónicas muestra la transformación de una confederación tribal en una monarquía centralizada.4

El ideal del gobierno aparece resumido en una frase de gran importancia: David «administraba justicia y equidad a todo su pueblo». La justicia constituía el criterio fundamental de legitimidad del rey. Las conquistas, las riquezas y la autoridad carecían de valor religioso si no protegían el derecho y el bienestar de la comunidad.4

La profecía de Natán y el pacto davídico

El núcleo de la promesa

La profecía de Natán, narrada en 2 Samuel 7, constituye el centro teológico del reinado de David. Dios promete al rey una descendencia, un trono y un reino duraderos. La promesa incluye una relación filial entre Dios y el sucesor de David: «Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo». La casa y el reino de David quedarán establecidos para siempre.

El oráculo contiene un juego teológico entre la casa que David quiere construir para Dios y la casa que Dios promete construir para David. El rey pretende levantar un templo; Dios le anuncia una dinastía. La iniciativa divina supera el proyecto humano y convierte la historia de David en una etapa de la historia de la salvación.

La Comisión Bíblica Pontificia considera esta alianza un don gratuito de Dios, no dependiente en último término de las disposiciones humanas. La promesa conserva su estabilidad incluso cuando los sucesores de David fracasan; la corrección divina no equivale al abandono de la dinastía.3

Elección divina y responsabilidad del rey

La promesa de Natán no convierte a David ni a sus descendientes en gobernantes moralmente autónomos. El rey continúa sometido a la alianza y a la ley. La permanencia de la dinastía no significa que cada decisión del monarca reciba aprobación divina. Dios puede corregir al rey y juzgar sus acciones sin retirar su fidelidad a la promesa.

Esta distinción impide dos errores opuestos:

  • La elección como privilegio absoluto: David no recibe permiso para hacer cualquier cosa. La autoridad regia debe servir al pueblo y obedecer a Dios.
  • El pecado como fracaso de la promesa: los pecados de David y de sus sucesores no destruyen la fidelidad divina. La promesa avanza hacia su cumplimiento definitivo de un modo que supera las expectativas políticas inmediatas.

La esperanza davídica evolucionó con el tiempo. El sentido inmediato de 2 Samuel 7 se refiere a la continuidad de la dinastía mediante un sucesor, especialmente Salomón. Sin embargo, las crisis posteriores condujeron a Israel a esperar un rey ideal que estableciera la justicia, liberara de la opresión y manifestara plenamente el reinado de Dios.5

David como rey y como pecador

El adulterio con Betsabé

El episodio de Betsabé revela la corrupción que puede producir el poder sin vigilancia moral. David vio a Betsabé, esposa de Urías, uno de sus soldados, y la tomó para sí. Cuando ella quedó embarazada, el rey intentó ocultar su responsabilidad. Finalmente ordenó colocar a Urías en la zona más peligrosa del combate para provocar su muerte.

El pecado incluye adulterio, abuso de autoridad, engaño y homicidio indirecto. La narración no lo reduce a una debilidad privada: David utilizó la maquinaria del Estado y la obediencia militar para protegerse. El monarca que debía cuidar al pueblo como pastor se convirtió en un depredador que arrebató al pobre su única oveja.

La intervención de Natán

Natán confrontó al rey mediante la parábola del rico que roba a un pobre su única oveja. David pronunció una sentencia contra aquel hombre sin advertir que la parábola describía su propia conducta. Entonces el profeta le dijo: «Tú eres ese hombre».

La palabra profética devuelve al rey la responsabilidad que el poder había intentado ocultar. Ante Dios no cuentan los ejércitos, el prestigio ni la opinión pública. David no puede refugiarse en el trono. La confrontación de Natán muestra la función crítica de la profecía: recordar que el gobernante también está sometido al juicio de Dios y al derecho de las víctimas.6

David reconoció su pecado y emprendió un camino de arrepentimiento. La tradición cristiana relaciona este arrepentimiento con el Salmo 51, aunque la atribución concreta de cada salmo y su composición histórica requieren prudencia. El valor teológico permanece: la grandeza de David no consiste en una impecabilidad inexistente, sino en su capacidad de aceptar la verdad, abandonar la autojustificación y acoger la misericordia.

La dialéctica entre elección y debilidad moral

La figura de David plantea una cuestión central para la teología bíblica: ¿cómo puede Dios elegir a un hombre que comete pecados tan graves? La respuesta bíblica no elimina la paradoja. David es elegido por gracia, pero conserva una libertad capaz de desviarse. Su elección no funciona como recompensa por una perfección moral previa ni como garantía de impecabilidad futura.

La tradición cristiana contempla en David la grandeza y la miseria del ser humano. El hombre posee dignidad porque lleva la imagen de Dios y recibe su amor; al mismo tiempo, puede utilizar mal su libertad y rebelarse contra el Creador. La conversión comienza cuando la persona acepta la verdad sobre su propia conducta y permite que la misericordia restaure su relación con Dios.6

Las crisis familiares y la sucesión

La violencia dentro de la casa de David

Los pecados y decisiones de David dejaron consecuencias dolorosas en su familia. La violencia entre sus hijos, la violación de Tamar por Amnón, la venganza de Absalón y la rebelión de este contra su padre muestran la descomposición de la casa real.

La Biblia relaciona estos acontecimientos con la palabra de Natán sobre las consecuencias del pecado. La misericordia de Dios no borra automáticamente los efectos históricos de las decisiones injustas. El perdón no convierte el mal en bien ni impide que las víctimas sufran sus consecuencias.

La rebelión de Absalón

Absalón consiguió el apoyo de sectores importantes y obligó a David a abandonar Jerusalén. El rey huyó por el valle del Cedrón, un episodio que la tradición cristiana contemplará como una anticipación figurativa de la pasión de Cristo, aunque la distancia entre ambos acontecimientos resulta decisiva: David era un pecador perseguido por conflictos políticos y familiares; Cristo es el inocente que entrega libremente su vida por la salvación del mundo.

La muerte de Absalón produjo en David un lamento desgarrador. El rey lloró no solo la derrota política, sino también la muerte de su hijo. El episodio muestra el lado humano de David y su incapacidad para separar completamente la responsabilidad del gobernante del amor del padre.

El censo y la dependencia de Dios

En los últimos episodios del reinado, David ordenó un censo de Israel. La narración interpreta la iniciativa como una tentación de confiar en la fuerza numérica del reino en lugar de confiar en Dios. El problema no consistía en la aritmética administrativa, sino en la actitud espiritual que convertía la población y el ejército en fundamento de seguridad.

Después del castigo, David levantó un altar en la era de Arauna, lugar que la tradición identificará con el área del futuro templo de Salomón. El episodio prepara la transición hacia el reinado de Salomón y vincula la culpa del rey con el lugar donde Israel rendirá culto al Señor.

David y el culto de Israel

El Arca y Jerusalén

David comprendió que la unidad política debía estar acompañada por una unidad religiosa. El traslado del Arca a Jerusalén situó la memoria de la alianza en el centro de la nueva capital. El rey participó activamente en la celebración y promovió la alabanza litúrgica.

La tradición atribuye a David un papel fundamental en la organización musical del culto. 1 Crónicas describe divisiones de sacerdotes, músicos y servidores del templo, aunque el templo como edificio sería construido por Salomón. David reunió materiales, riquezas y planes para la obra que su hijo llevaría a cabo.7

David, músico y autor de salmos

David aparece como intérprete de la lira, poeta y cantor. La tradición judía y cristiana lo considera figura principal del Salterio. Muchos salmos llevan títulos que los vinculan con episodios de su vida, aunque la investigación bíblica distingue entre la atribución tradicional a David, la composición de determinados poemas y la redacción final del libro de los Salmos.

La Iglesia recibe los salmos como oración inspirada y como patrimonio común de Israel y de la Iglesia. El Catecismo presenta a David como rey «según el corazón de Dios», pastor que ora por su pueblo y en nombre de su pueblo. Su alabanza, su confianza, sus lamentaciones y su arrepentimiento modelan la oración de la comunidad creyente.8

David como profeta

La tradición bíblica no contempla a David únicamente como gobernante. En sus últimas palabras afirma que el Espíritu del Señor habló por él y que su palabra estuvo en su lengua. El Nuevo Testamento también lo presenta como profeta, especialmente al interpretar determinados salmos en relación con la resurrección y la exaltación de Cristo.

La profecía de David no debe entenderse solo como predicción detallada de acontecimientos futuros. Incluye la capacidad de expresar, bajo la inspiración del Espíritu Santo, la esperanza de Israel, el juicio de Dios, el sufrimiento del justo y la futura victoria del Ungido.

David como tipo de Cristo

La diferencia entre el David histórico y el David teológico

La tradición de la Iglesia distingue, aunque mantiene unidos, dos niveles de comprensión:

  • El David histórico es el rey de Judá e Israel, con sus decisiones políticas, campañas militares, relaciones familiares, pecados y limitaciones.
  • El David teológico es la figura interpretada dentro de la historia de la salvación, especialmente como antepasado del Mesías, modelo de oración y tipo de Cristo.

La palabra tipo designa una persona, acontecimiento o institución del Antiguo Testamento que prefigura una realidad plena manifestada en Cristo. David no es Cristo ni alcanza su perfección. Su vida contiene elementos que anuncian al Mesías, pero también rasgos que Cristo supera radicalmente.

Elementos de la tipología davídica

La tradición cristiana ha reconocido varias correspondencias:

  • David y Jesús nacen en Belén.
  • David es pastor; Cristo es el Buen Pastor.
  • David es ungido como rey; Cristo es el Ungido definitivo del Padre.
  • David reúne y gobierna a Israel; Cristo congrega a todos los pueblos en el nuevo Pueblo de Dios.
  • David compone cantos de alabanza; Cristo lleva a plenitud la oración de Israel.
  • David afronta la persecución y la traición; Cristo acepta la pasión y la muerte para redimir al mundo.
  • David recibe la promesa de un reino duradero; Cristo posee un reino eterno y universal.

Algunas correspondencias proceden directamente del Nuevo Testamento; otras pertenecen a desarrollos patrísticos y litúrgicos. La Iglesia las utiliza en la lectura espiritual de la Escritura, pero no confunde la interpretación simbólica con una descripción literal de la vida de David.

«Hijo de David»

Los Evangelios llaman repetidamente a Jesús «Hijo de David». El título expresa su pertenencia a la línea mesiánica prometida y reconoce en él al heredero definitivo de la esperanza real de Israel. La genealogía de Mateo comienza presentando a Jesucristo como hijo de David e hijo de Abrahán. Lucas vincula el anuncio del nacimiento de Jesús con el trono de David y con un reino que no tendrá fin.

La filiación davídica de Jesús no reduce su identidad a una sucesión política. Cristo es el Hijo eterno del Padre y, por la encarnación, entra verdaderamente en la historia de Israel. En él, la promesa hecha a David alcanza una dimensión universal y definitiva.

El pacto davídico en la historia de la salvación

El pacto davídico ocupa una posición intermedia entre la alianza con Israel y la manifestación del Mesías. La monarquía no sustituye a Dios como verdadero Rey, pero ofrece una forma histórica mediante la cual la promesa de gobierno justo adquiere concreción. La realeza de David orienta la esperanza hacia un rey que gobierne con sabiduría, defienda a los pobres y establezca la paz.

La tradición católica considera que la alianza con David encuentra su cumplimiento en la misión mesiánica de Jesús. El trono prometido no se realiza finalmente en la permanencia indefinida de una institución política, sino en Cristo, cuyo reino no depende de la extensión territorial, de la fuerza militar ni de la sucesión dinástica humana.3

La tradición social de la Iglesia presenta a David como el prototipo del rey elegido por Dios y como el comienzo de una tradición regia mesiánica. Aunque David y sus sucesores cometieron pecados e infidelidades, la esperanza del rey justo no desapareció. Los profetas y los salmos la desarrollaron hasta conducirla a Jesucristo, el Ungido definitivo del Señor.9

Valoración católica del reinado de David

La Iglesia no canoniza cada decisión política o militar de David. La lectura católica reconoce el carácter histórico y religioso de los relatos, pero también aplica criterios morales a las acciones narradas. Las guerras, las ejecuciones, la poligamia, los abusos de poder y los conflictos dinásticos pertenecen al contexto de una sociedad antigua y no constituyen modelos normativos para la vida cristiana.

La importancia de David nace de otro lugar:

  • Dios puede llamar a una persona humilde para una misión decisiva.
  • La autoridad debe ejercerse como servicio pastoral.
  • El gobernante permanece sometido a la ley moral.
  • El pecado grave exige reconocimiento, arrepentimiento y reparación.
  • La misericordia divina puede actuar en una historia marcada por la debilidad.
  • La promesa de Dios supera la insuficiencia de sus instrumentos humanos.
  • La esperanza mesiánica alcanza su cumplimiento en Jesucristo.

David permanece como una figura de contrastes. Fue unificador y guerrero, administrador y poeta, adorador y pecador, elegido por Dios y necesitado de conversión. La Escritura no presenta su reinado como la llegada definitiva del Reino, sino como una etapa fundamental que prepara la espera del Rey perfecto.

Conclusión

El reinado de David consolidó la unidad de Israel, estableció Jerusalén como capital política y religiosa y dio origen a la tradición dinástica de la que nacería la esperanza mesiánica. La profecía de Natán constituye el núcleo teológico de esta historia: Dios promete una casa, un trono y un reino duraderos, y mantiene su fidelidad incluso frente al pecado de los sucesores.

La grandeza de David no reside en una perfección moral que nunca poseyó, sino en su lugar dentro del designio de Dios y en su capacidad de volver a Él mediante el arrepentimiento. Como figura histórica, David fue un rey limitado por su época, sus pasiones y sus errores. Como tipo de Cristo, anticipó al Pastor y Ungido cuya obediencia, justicia y reino eterno alcanzarían su plenitud en Jesús de Nazaret, el verdadero Hijo de David.

Citas y referencias

  1. Catequesis de la oración - 8. La oración de David, Papa Francisco. Audiencia general del 24 de junio de 2020, Catequesis de la oración - 8. La oración de David, 1 (2020). 2
  2. La Versión Nueva Revisada Estándar, edición católica (NRSV-CE). La Santa Biblia, 2 Samuel 5 (1993). 2
  3. B2. El don del pacto en el Antiguo Testamento y las normas de conducta humana - 2.2. Las diversas expresiones del pacto (enfoque canónico) - 2.2.4 el pacto con David, Comisión Pontifical Bíblica. La Biblia y la moralidad: Raíces bíblicas de la conducta cristiana, 37 (2008). 2 3
  4. La Versión Nueva Revisada Estándar, edición católica (NRSV-CE). La Santa Biblia, 2 Samuel 8 (1993). 2
  5. II. - Temas fundamentales en las Escrituras judías y su recepción en la fe en Cristo - B. Temas fundamentales compartidos - E) el hijo y sucesor de David: En el Antiguo Testamento, Comisión Pontifical Bíblica. El pueblo judío y sus Escrituras sagradas en la Biblia cristiana (24 de mayo de 2001), 62 (2002).
  6. Celebración eucarística en conmesa en la plaza inferior de la basílica de San Francisco (Asís), Papa Benedicto XVI. 17 de junio de 2007: Celebración eucarística en conmesa en la plaza inferior de la Basílica de San Francisco (Asís), 1 (2007). 2
  7. Rey David. Enciclopedia Católica, Rey David (1913).
  8. Capítulo uno la revelación de la oración - El llamado universal a la oración. Catecismo de la Iglesia Católica, 2579 (1992).
  9. A. El dominio de Dios, Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 378 (2006).
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