El anhelo de un reino divino es una constante en la historia de la salvación, manifestado en el Antiguo Testamento a través de la promesa de un rey davídico y un reino eterno. Sin embargo, es en el Nuevo Testamento donde el concepto adquiere su forma más clara y definitiva con la llegada de Jesucristo.
La Proclamación de Jesús
Jesús inició su ministerio proclamando que el Reino de Dios está cerca (Mt 3:2, Mc 1:15)1. Sus parábolas, como la del grano de mostaza o la levadura en la masa, ilustran la naturaleza de este Reino: una realidad que comienza de manera humilde pero crece hasta transformar el mundo1. Jesús mismo es la encarnación del Reino, y su llegada marca el inicio de su presencia en la historia2. Él rechazó las concepciones meramente terrenales o políticas de un reino, afirmando que su Reino «no es de este mundo» (Jn 18:36)3.
Identificación con Cristo
Desde la Iglesia primitiva, se ha entendido que el Reino de Dios está intrínsecamente ligado a la persona de Cristo. Orígenes, por ejemplo, llamó a Cristo autobasileia (el Reino mismo), y Tertuliano afirmó: «En el evangelio está el Reino de Dios, Cristo mismo»2. Esta identificación subraya que el Reino no es una ideología o un programa, sino una persona: Jesucristo, quien es el Rey.

