El relativismo contemporáneo no apareció de manera repentina. Posee antecedentes en diversas etapas de la historia de la filosofía.
Escepticismo antiguo
Una de sus raíces principales está en el escepticismo antiguo, que puso en duda la capacidad humana para alcanzar un conocimiento cierto. La filosofía griega conoció tensiones profundas entre la confianza en los sentidos, la búsqueda racional de la realidad y la dificultad de explicar el cambio, la pluralidad y el error.
La fórmula atribuida a Protágoras -«el hombre es la medida de todas las cosas»- recibió tradicionalmente una interpretación epistemológica: cada sujeto mediría la realidad desde su propia percepción, sin acceso seguro a las cosas tal como son. La desconfianza respecto de los sentidos y la falta de acuerdo entre las teorías racionales favorecieron el paso del relativismo sofístico al escepticismo de la Academia Media.
El escepticismo antiguo no coincide sin más con todas las formas modernas de relativismo. El escéptico puede limitarse a suspender el juicio, mientras que el relativista afirma que la verdad depende necesariamente del sujeto, de la cultura o del contexto. Ambos comparten, sin embargo, una profunda sospecha respecto de la capacidad humana para conocer la realidad.
Nominalismo medieval
Otra raíz histórica relevante aparece en el nominalismo medieval, especialmente en la tendencia a considerar los universales -conceptos como «humanidad», «justicia» o «bondad»- meros nombres sin fundamento real. Esta orientación debilitó la confianza en que la inteligencia pudiera conocer estructuras objetivas presentes en las cosas.
Algunas formas de voluntarismo nominalista acentuaron la separación entre la voluntad divina y el orden racional de la realidad. Cuando la voluntad se concibe como superior a la verdad y al bien, la ley corre el riesgo de entenderse como una decisión arbitraria, tanto en Dios como en la autoridad humana. Esa fractura favoreció, en etapas posteriores, la reducción de las leyes y de las normas a productos de la voluntad o del poder.
La Iglesia no atribuye al nominalismo medieval la responsabilidad exclusiva por el relativismo moderno. La historia intelectual presenta múltiples causas y mediaciones. Sin embargo, la crisis de la confianza en los universales y en la capacidad de la razón para conocer el ser constituye un antecedente importante de la subjetivización de la verdad.
Modernidad y pensamiento contemporáneo
En la filosofía moderna, la cuestión del conocimiento adquirió una centralidad creciente. La crítica de la certeza, la atención a las condiciones subjetivas del conocer y la separación entre la experiencia humana y la realidad en sí misma dieron lugar a diversas formas de agnosticismo y relativismo. Juan Pablo II afirmó que una filosofía concentrada únicamente en las limitaciones del conocimiento humano termina perdiendo de vista las preguntas radicales sobre el ser, Dios y el sentido de la existencia.
Algunas corrientes modernas intentaron superar el escepticismo explicando el conocimiento desde la estructura de la mente. En este contexto, la realidad conocida pasó a interpretarse como dependiente de las formas subjetivas que ordenan la experiencia. El problema consiste en que, si la inteligencia solo conoce sus propias estructuras, resulta difícil justificar el acceso a una realidad independiente del sujeto.
En la época contemporánea, ciertas formas de relativismo cultural sostienen que cada comunidad posee sus propios criterios de verdad, belleza y bondad, sin criterios universales capaces de juzgar esos sistemas. Otras corrientes reducen los hechos a interpretaciones y hacen depender el significado de un texto de la subjetividad del lector.