La veneración de reliquias y, por extensión, de los relicarios, tiene raíces profundas que se remontan a los primeros tiempos del cristianismo. Ya en el siglo II, tras el martirio de San Policarpo en Esmirna (c. 156), sus discípulos recogieron sus huesos, considerándolos «más valiosos que las piedras preciosas y más finos que el oro refinado», y los depositaron en un lugar adecuado para su veneración1. Este acto sentó un precedente para la práctica cristiana de honrar los restos de los mártires y santos.
Los primeros relicarios eran a menudo sencillos, como las cajas de plata descubiertas en Grado en 1871, que datan del siglo V y llevaban inscripciones con nombres de santos2. También se utilizaban frascos de arcilla para contener aceites de los santuarios de los mártires2. Con el tiempo, la complejidad y el arte de los relicarios evolucionaron. En el siglo VII u VIII, comenzaron a aparecer relicarios más grandes o santuarios2.
Durante el período merovingio y carolingio, el culto a las reliquias creció significativamente, con numerosos relatos de milagros atribuidos a ellas3. Sin embargo, esta popularidad también dio lugar a abusos, como la venta de reliquias falsas, lo que llevó a la Iglesia a establecer regulaciones más estrictas3.
El Segundo Concilio de Nicea (787 d.C.) insistió en la importancia de usar reliquias en la consagración de iglesias, amenazando con la deposición a los obispos que abandonaran esta práctica4,3. El Cuarto Concilio de Letrán (1215 d.C.) prohibió la exhibición de reliquias antiguas fuera de su estuche y su venta, además de requerir la aprobación papal para la veneración de reliquias recién descubiertas, con el fin de evitar «ficciones vacías o documentos falsos»4. Estas directrices reflejan el esfuerzo constante de la Iglesia por mantener la autenticidad y la reverencia en el culto a las reliquias.

