La expresión religión revelada distingue la iniciativa de Dios de la búsqueda religiosa humana. La razón natural puede llegar a conocer con certeza que Dios existe a partir de las criaturas; la revelación, en cambio, permite conocer una realidad que el ser humano no alcanza por sus propias capacidades: el misterio del plan divino de amor y la llamada a participar de la vida de Dios. La fe cristiana no consiste, por tanto, solo en aceptar unas ideas acerca de Dios, sino en acoger su comunicación personal y responder a ella.1
Dios revela tanto verdades como a sí mismo. Su comunicación da a conocer quién es y cuál es su propósito, pero también invita a la humanidad a la comunión con él. La revelación no aparece como un conjunto aislado de mensajes: Dios la realiza mediante acontecimientos y palabras relacionados entre sí, que se iluminan mutuamente. Así, las acciones divinas forman parte de la revelación, y las palabras permiten comprender su significado.1,2
Esta iniciativa divina es gratuita. Dios no revela algo que la humanidad pudiera exigirle, sino que libremente se acerca a ella y la hace capaz de conocerlo y amarlo de un modo que supera sus fuerzas naturales. La fe es la acogida de esa iniciativa: el creyente recibe el anuncio cristiano como palabra de Dios y procura vivir conforme a él.1,2



