La palabra misterio alude aquí a una celebración o conocimiento religioso reservado a quienes habían pasado por un rito de iniciación. La iniciación no consistía simplemente en aprender una doctrina: podía marcar la entrada en una comunidad religiosa y en una forma nueva de vida, con expectativas relativas al destino del alma después de la muerte. Por eso, el iniciado poseía un conocimiento práctico y vivencial, ligado a su participación en el rito, más que un saber meramente intelectual.1
La iniciación es como un segundo nacimiento.1
La imagen del «segundo nacimiento» expresa el cambio de condición que la ceremonia representaba para el adepto: el paso de una vida ordinaria a una existencia integrada en una comunidad religiosa. El carácter reservado de algunos ritos no significa que todos los cultos mistéricos funcionaran desde el principio como sociedades secretas. En ciertos casos, el contenido permanecía oculto por su naturaleza ritual y por estar destinado exclusivamente a los iniciados.1
Las religiones mistéricas no formaban una Iglesia única, ni compartían una autoridad, un credo o un conjunto uniforme de ritos. El término agrupa cultos diferentes que tenían en común, con variaciones, la iniciación y la participación en ceremonias particulares. Entre los cultos que alcanzaron difusión en el Imperio romano figuraron los de Isis, Cibeles y Mitra.2,3

