En una tipología académica, «religión universal» describe una tradición que no se dirige exclusivamente a una nación o grupo étnico. Su mensaje puede presentarse como válido para todos los seres humanos y, por ello, aspirar a extenderse más allá de su ámbito de origen. Algunas clasificaciones también las llaman religiones históricas, porque relacionan su surgimiento con fundadores identificables y con acontecimientos situados en la historia.1
Las religiones universales se caracterizan por tener un fundador conocido y por cierta tendencia universalista, en cuanto se presentan como realidades absolutas, válidas para todos los hombres. Son también «religiones del Libro», pues los Fundadores dejaron recogida en algún texto su doctrina.1
La expresión «religiones del Libro» funciona aquí como un rasgo de la clasificación: destaca la transmisión escrita de enseñanzas atribuidas a sus fundadores. No significa que todas las tradiciones incluidas compartan una misma concepción de las Escrituras, de la autoridad religiosa o de la revelación. Tampoco permite identificar «universal» con una religión que haya alcanzado presencia en todos los países: el término se refiere, ante todo, a su pretensión de alcance universal.1
La clasificación tampoco constituye una definición dogmática de la Iglesia católica. Es una herramienta para ordenar la diversidad religiosa dentro de un estudio histórico o comparativo. Una tipología puede agrupar tradiciones según ciertos rasgos generales, aunque sus diferencias internas y sus transformaciones a lo largo del tiempo impidan reducirlas a una fórmula sencilla. El propio estudio que presenta esta categoría sitúa junto a ella otras formas de religiosidad, como las tradiciones telúricas, celestes, étnico-políticas y mistéricas.1

