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Religiones universales

Las religiones universales constituyen una categoría de la historia y la fenomenología de las religiones. El término suele designar tradiciones vinculadas a un fundador conocido, con una doctrina transmitida por escrito y una pretensión de validez que rebasa los límites de un pueblo o una comunidad política. La categoría ayuda a comparar religiones distintas, pero no equivale a una clasificación única ni a un juicio sobre su verdad; desde la perspectiva católica, el diálogo con ellas reconoce lo verdadero y santo que contienen y, a la vez, mantiene la singularidad de Jesucristo y de la Revelación cristiana.1,2

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreReligiones universales
CategoríaTérmino teológico
DescripciónCategoría de la historia y la fenomenología de las religiones que designa tradiciones con pretensión de validez universal. Tradiciones vinculadas a un fundador conocido, con una doctrina transmitida por escrito y una pretensión de validez que rebasa los límites de un pueblo o comunidad política
Contexto HistóricoEstudio histórico y comparativo de las religiones, agrupando tradiciones según rasgos generales.
Doctrinas RelacionadasCristianismo, budismo, jainismo, zoroastrismo, islam
TemaDiálogo interreligioso, revelación cristiana, religiones étnicopolíticas

Tabla de contenido

Concepto y alcance

En una tipología académica, «religión universal» describe una tradición que no se dirige exclusivamente a una nación o grupo étnico. Su mensaje puede presentarse como válido para todos los seres humanos y, por ello, aspirar a extenderse más allá de su ámbito de origen. Algunas clasificaciones también las llaman religiones históricas, porque relacionan su surgimiento con fundadores identificables y con acontecimientos situados en la historia.1

Las religiones universales se caracterizan por tener un fundador conocido y por cierta tendencia universalista, en cuanto se presentan como realidades absolutas, válidas para todos los hombres. Son también «religiones del Libro», pues los Fundadores dejaron recogida en algún texto su doctrina.1

La expresión «religiones del Libro» funciona aquí como un rasgo de la clasificación: destaca la transmisión escrita de enseñanzas atribuidas a sus fundadores. No significa que todas las tradiciones incluidas compartan una misma concepción de las Escrituras, de la autoridad religiosa o de la revelación. Tampoco permite identificar «universal» con una religión que haya alcanzado presencia en todos los países: el término se refiere, ante todo, a su pretensión de alcance universal.1

La clasificación tampoco constituye una definición dogmática de la Iglesia católica. Es una herramienta para ordenar la diversidad religiosa dentro de un estudio histórico o comparativo. Una tipología puede agrupar tradiciones según ciertos rasgos generales, aunque sus diferencias internas y sus transformaciones a lo largo del tiempo impidan reducirlas a una fórmula sencilla. El propio estudio que presenta esta categoría sitúa junto a ella otras formas de religiosidad, como las tradiciones telúricas, celestes, étnico-políticas y mistéricas.1

Tradiciones incluidas en la categoría

Una clasificación académica ha incluido entre las religiones universales el budismo, el jainismo, el zoroastrismo y el islam. El estudio sitúa el origen del budismo y del jainismo en la India del siglo VI antes de Cristo y relaciona también con ese periodo el nacimiento del dualismo de Zoroastro en Irán; presenta el islam como una tradición originada en la Edad Media. Estas referencias resumen una propuesta de clasificación y no sustituyen el estudio particular de la historia y las doctrinas de cada religión.1

El budismo ofrece una vía religiosa cuyo sentido y cuya concepción de la liberación difieren de los cristianos. La enseñanza católica reconoce en sus distintas formas una búsqueda de respuesta ante la insuficiencia del mundo contingente y ante la inquietud humana; no por ello confunde la liberación budista con la salvación cristiana. Esta última se centra en la acción de Dios y en la relación con él, no en considerar el mundo, sin más, como una realidad de la que haya que escapar.2,3

El jainismo aparece en la tipología como otra tradición universal originada en la India. La referencia que lo incluye no desarrolla sus doctrinas, por lo que el rasgo pertinente para esta clasificación es su inclusión entre las religiones vinculadas a un fundador y a una enseñanza transmitida históricamente.1

El zoroastrismo se presenta en la misma clasificación como una tradición iraní asociada a Zoroastro y caracterizada por el dualismo. El estudio citado relaciona su origen con un periodo próximo al de los comienzos del budismo y el jainismo.1

El islam figura también entre las religiones universales. Desde la perspectiva católica, la Iglesia reconoce que los musulmanes adoran al único Dios, creador del cielo y de la tierra, y que honran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios. Esta coincidencia en la confesión del Dios único no borra las diferencias fundamentales entre el islam y la fe cristiana.2,4

La categoría no agota las relaciones posibles entre las religiones. El judaísmo, por ejemplo, mantiene una relación singular con el cristianismo, marcada por la historia de la alianza, la fe en el único Dios y la esperanza en su Reino. Una tipología citada coloca el judaísmo -y, especialmente, el cristianismo- en un grupo distinto de las religiones universales, pese a reconocer que ambos también tienen un alcance que supera lo meramente étnico o político.1,2

Diferencias con otras formas de religión

La categoría de religión universal se entiende mejor al compararla con otras formas religiosas. Las religiones étnico-políticas aparecen estrechamente ligadas al desarrollo de un pueblo, una nación o un Estado; el estudio académico citado menciona como ejemplos la religión romana y el hinduismo en su tipología. Otras formas de religiosidad, como las telúricas, las celestes y las mistéricas, responden a patrones distintos y arraigan, según esa clasificación, en dimensiones más profundas de la experiencia humana.1

Estas divisiones describen tipos ideales: permiten observar semejanzas y diferencias, pero no siempre separan tradiciones complejas en compartimentos absolutos. El estudio citado advierte que las religiosidades china e hindú, aunque puedan relacionarse en su origen con otras categorías, experimentaron transformaciones históricas que les dieron una singularidad propia. Por tanto, una tradición puede tener raíces y desarrollos que no encajen por completo en una sola etiqueta.1

También conviene distinguir entre la universalidad de una religión y la universalidad de una institución o de una afirmación doctrinal. En esta clasificación, «universal» alude a una pretensión religiosa dirigida a toda la humanidad. No basta con que una religión posea textos, ritos o una historia antigua para que la categoría describa adecuadamente su forma de organización o su mensaje.1,2

La valoración católica de las religiones

La Iglesia católica aborda las religiones no cristianas con respeto, sin afirmar que todas enseñen lo mismo ni que las diferencias doctrinales carezcan de importancia. El Concilio Vaticano II reconoce que las religiones ofrecen, cada una a su manera, «caminos» para responder a la inquietud del corazón humano mediante doctrinas, normas de vida y ritos sagrados. A partir de la común condición humana, la Iglesia admite que esas tradiciones pueden contener elementos verdaderos y santos.2,5

La valoración positiva no equivale al indiferentismo religioso, es decir, a la idea de que todas las religiones son intercambiables o igualmente verdaderas en todos sus contenidos. La Iglesia mantiene simultáneamente dos convicciones: que otras tradiciones pueden reflejar aspectos de la verdad y que Jesucristo es, para la fe cristiana, «el camino, la verdad y la vida», en quien la vida religiosa alcanza su plenitud. El reconocimiento de bienes espirituales y morales en otras religiones no elimina la tarea de dar testimonio de Cristo.2,5,3

La teología católica relaciona esta valoración con la creación y con la búsqueda humana de Dios. La inquietud religiosa no aparece como algo extraño a la condición humana: expresa, aunque de modos diversos e imperfectos, la aspiración a una realidad última. Un estudio teológico recoge la idea de que la búsqueda presente en las grandes religiones puede recibir un respeto sincero, al mismo tiempo que necesita purificación y orientación. Así, la Revelación cristiana no se limita a prolongar lo que el ser humano descubre por sí mismo: supone la iniciativa libre de Dios y transforma, purifica y eleva la búsqueda religiosa.6,7

Esta perspectiva permite comprender tanto la continuidad como la diferencia entre las religiones y el cristianismo. Existe continuidad porque los seres humanos buscan a Dios, cultivan la oración y elaboran respuestas sobre el sentido de la vida. Existe diferencia porque la fe cristiana se funda en la Revelación y en la acción de Dios en Jesucristo, no solo en el esfuerzo humano por alcanzar lo divino. La Iglesia puede, por ello, reconocer bienes religiosos en otras tradiciones sin considerar que todas expresan de manera idéntica la verdad revelada.6,2

Diálogo y misión

El diálogo interreligioso nace de esta doble actitud: respeto por lo verdadero y santo que otras tradiciones contienen, y fidelidad a la identidad cristiana. La Iglesia anima a los católicos a colaborar y conversar con los creyentes de otras religiones, dando testimonio de su fe y reconociendo los bienes espirituales, morales y culturales que encuentran en ellos. El diálogo no exige ocultar las diferencias; requiere tratarlas con claridad, caridad y consideración por las personas.5,4

La cooperación puede centrarse en valores compartidos y en la promoción de bienes humanos y sociales, sin convertir esa colaboración en una confusión doctrinal. Reconocer una práctica moral o una forma sincera de oración no implica aceptar todas las enseñanzas de la tradición que las transmite. Del mismo modo, proclamar a Cristo no autoriza a despreciar las búsquedas religiosas de los demás. La postura católica intenta evitar ambos extremos: el rechazo indiscriminado de las otras religiones y el relativismo que borra sus diferencias.2,5,8

La categoría de religiones universales ofrece, en suma, un marco útil para estudiar tradiciones que articulan una pretensión amplia de validez, una vinculación histórica con fundadores y una transmisión doctrinal. Su utilidad depende de mantener presente que las religiones agrupadas bajo ese nombre no comparten una doctrina única y que la clasificación no reemplaza el análisis de cada una. Desde la perspectiva católica, el estudio y el diálogo combinan el reconocimiento de elementos verdaderos y santos con la afirmación de Jesucristo como plenitud de la vida religiosa.1,2,5

Citas y referencias

  1. Scripta Theologica. Recensiones, 3 (1982). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13
  2. III. Algunas consecuencias para una teología cristiana de las religiones - III. 3. La verdad como problema en la teología de las religiones y la postura pluralista, Comisión Teológica Internacional. El cristianismo y las religiones del mundo, 100 (1997). 2 3 4 5 6 7 8 9 10
  3. J.M. Odero. «Cruzando el umbral de la esperanza», 7 (1995). 2
  4. Papa Juan Pablo II. Audiencia general del 5 de junio de 1985, 1 (1985). 2
  5. Santa Sede. Acta Apostolicae Sedis: número 10, octubre, 1966, 71 (1966). 2 3 4 5
  6. José Morales. El Hecho Religioso y Su Valoración, 14 (1992). 2
  7. José Morales. El Hecho Religioso y Su Valoración, 15 (1992).
  8. Santa Sede. Acta Apostolicae Sedis: número 5, junio, 1981, 105 (1981).
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