El Bautismo inicia la vida cristiana: incorpora a la persona a Cristo y da comienzo a una vida nueva. La renovación de las promesas no repite el sacramento ni vuelve a bautizar a quienes participan. Expresa de nuevo, dentro de la comunidad, la respuesta de fe vinculada al Bautismo y el propósito de vivir conforme a ella. El Catecismo enseña que la fe de los bautizados, sean niños o adultos, debe crecer después de recibir el sacramento y relaciona ese crecimiento con la renovación anual de las promesas durante la Vigilia Pascual.1
Para todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por esta razón, la Iglesia celebra cada año en la Vigilia Pascual la renovación de las promesas bautismales.1
La renovación recuerda también la relación entre el Bautismo y la Pascua de Cristo. En la celebración bautismal, el cristiano queda unido al misterio de su muerte y resurrección; por eso, la vida que nace del Bautismo reclama una existencia nueva. La liturgia presenta esta relación con las palabras de san Pablo: quienes han sido sepultados con Cristo por el Bautismo están llamados a «caminar en una vida nueva».3,4
Las promesas expresan dos aspectos inseparables de esa vida: rechazar el pecado y el mal, y adherirse a Dios y servirle en la Iglesia. La renovación, por tanto, no consiste solo en recordar un rito celebrado en el pasado. Invita a cada bautizado a examinar cómo vive su fe y a asumir de nuevo, en el presente, las exigencias de su pertenencia a Cristo.5,4



