La práctica de ofrecer oraciones por los difuntos tiene raíces antiguas en el cristianismo, reflejando la creencia en el purgatorio y la eficacia de las súplicas de los vivos para ayudar a las almas en su purificación1. Las Misas de Réquiem, como una forma litúrgica específica, se desarrollaron a partir de estas tradiciones. El nombre Requiem se deriva del Introito, cuyas palabras pueden rastrearse hasta el Cuarto Libro de Esdras (un texto apócrifo) y el libro de Isaías2. La antífona del Introito se toma del Salmo 64 (65)2.
La adopción de este Introito en la liturgia para los difuntos no tiene una fecha precisa, pero se encuentra en el Antifonario de San Gregorio, lo que indica su antigüedad2. A lo largo de los siglos, se desarrollaron formularios específicos para estas Misas, y se establecieron días particulares para su celebración, como el tercer, séptimo, trigésimo día y los aniversarios de la muerte, siguiendo una antigua tradición aceptada en el Derecho Canónico2. Estos días conmemoran los tres días que Cristo pasó en el sepulcro y presagian la Resurrección, como se menciona en las Constituciones Apostólicas2.

