El rito ordinario de reconciliación de un solo penitente sigue el Ordo Paenitentiae. La celebración posee una estructura propia y no debe reducirse a una conversación improvisada.
Acogida del penitente
El sacerdote recibe al penitente con benevolencia y le dirige un saludo. A continuación, el penitente y, cuando conviene, también el sacerdote hacen la señal de la cruz diciendo:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
El sacerdote invita al penitente a confiar en Dios y a reconocer tanto sus pecados como la misericordia divina.
Proclamación de la Palabra de Dios
Cuando resulta oportuno, el sacerdote proclama o recuerda un breve texto de la Sagrada Escritura que anuncia la misericordia de Dios y llama a la conversión. Esta lectura tiene carácter facultativo dentro del rito individual, pero ayuda a situar la confesión en la historia de la salvación y no únicamente en el ámbito psicológico.
Confesión de los pecados y consejo
El penitente confiesa sus pecados. Cuando la costumbre lo establece, puede comenzar con una fórmula general, como el Yo confieso. El sacerdote escucha, ayuda cuando hace falta, aconseja de manera adecuada y exhorta al penitente a manifestar su arrepentimiento.
El sacerdote debe adaptar su lenguaje y sus consejos a la condición espiritual y personal del penitente. La finalidad del diálogo no consiste en satisfacer la curiosidad del ministro, sino en favorecer una acusación íntegra, una contrición verdadera y un camino concreto de conversión.
Imposición y aceptación de la penitencia
Después de escuchar la confesión, el sacerdote propone una obra de penitencia. El penitente la acepta como satisfacción por el pecado y como ayuda para la reforma de la vida. La penitencia debe guardar proporción con la situación del penitente y orientarlo hacia una transformación real.
Manifestación de la contrición
El sacerdote invita al penitente a expresar su contrición. El rito ofrece una fórmula que puede utilizarse o sustituirse por otra semejante:
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de todo lo bueno que he dejado de hacer, porque pecando te he ofendido, a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con la ayuda de tu gracia, hacer penitencia, no pecar más y evitar las ocasiones de pecado.
Por los méritos de la pasión de nuestro Salvador Jesucristo, Señor, ten misericordia de mí.
La fórmula expresa los elementos esenciales de la contrición: dolor, rechazo del pecado, propósito de enmienda, confianza en la gracia y recurso a los méritos de Cristo.
Absolución
El sacerdote extiende las manos sobre la cabeza del penitente o, al menos, la mano derecha, y pronuncia la fórmula sacramental:
Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.
Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
El penitente responde:
Amén.
La fórmula manifiesta que el perdón procede del Padre, por la muerte y resurrección de Cristo, mediante el Espíritu Santo y el ministerio de la Iglesia.