La palabra revelación designa, en sentido teológico, la iniciativa por la que Dios sale al encuentro de las personas y les permite conocer aquello que supera las posibilidades de la razón humana. La revelación sobrenatural no se opone al conocimiento natural de Dios: pertenece a un orden distinto y lo excede, sin anularlo. Su fuente es Dios mismo y su contenido central, el misterio de su voluntad salvadora.1
El acto revelador nace de la libertad y del amor de Dios; no responde a una necesidad que le imponga nada exterior. Dios comunica su designio para conducir a la humanidad a la salvación, es decir, a un destino sobrenatural que la persona no podría alcanzar exclusivamente con sus propias fuerzas.2,3
Por eso la revelación no equivale a recibir información religiosa. En ella Dios manifiesta quién es y, a la vez, ofrece una relación: su designio afecta a la persona entera y la invita a responder con la inteligencia, la voluntad y la vida. El misterio revelado no deja por ello de ser misterio; conocerlo no significa comprenderlo exhaustivamente.1
