La liturgia y el rito de la Iglesia de Milán han sido asociados con San Ambrosio (374-397) desde al menos el siglo VIII, aunque no existe evidencia directa de que el rito fuera enteramente compuesto por él1. Sin embargo, es probable que durante su episcopado, el rito milanés adquiriera características distintivas que lo diferenciarían de otras liturgias1. San Ambrosio sucedió al arriano Auxencio, y es posible que haya eliminado modificaciones arrianas y emitido libros de servicio corregidos, lo que contribuiría a que su nombre se asociara con el rito1. Se sabe por San Agustín y Paulino el Diácono que San Ambrosio introdujo innovaciones en el Oficio Divino, como la organización de salmos e himnos para el canto de los fieles, durante su contienda con la emperatriz Justina1.
El origen exacto del Rito Ambrosiano sigue siendo objeto de debate entre los liturgistas, debido a la ausencia de evidencia directa sobre su naturaleza antes del siglo IX1. Aunque hay alusiones a diversos servicios de la Iglesia milanesa en los escritos de San Agustín y San Ambrosio, estas referencias son insuficientes para más que una conjetura vaga1.
A lo largo de los siglos, el Rito Ambrosiano ha experimentado varias revisiones. Figuras clave como San Carlos Borromeo, quien fue un «potente y acérrimo defensor» del rito en su tiempo, han jugado un papel importante en su preservación y reforma2,3. A pesar de las influencias y la proximidad con el Rito Romano, el Ambrosiano ha mantenido su identidad, lo que ha sido motivo de complacencia para Papas como Juan XXIII, quien destacó cómo la tradición ritual ambrosiana resalta la sinceridad de la fidelidad romana de los fieles milaneses2.
