La tradición de la Iglesia de Egipto, y por ende del rito copto, se remonta al Evangelista San Marcos, a quien se le atribuye la liturgia original de la cual derivan todos los usos posteriores en el Patriarcado de Alejandría1. Antes del Cisma Monofisita y el Concilio de Calcedonia (451 d.C.), la liturgia de Alejandría ya mostraba características distintivas, como la longitud de la Plegaria Eucarística (Prefacio) y la lectura de los dípticos antes de la Consagración1.
Los escritos de figuras como Clemente de Alejandría (m. c. 217), San Atanasio (m. 373) y el Libro de Oración de Serapión de Thmuis (mediados del siglo IV) proporcionan indicios de la liturgia egipcia de su tiempo, la cual coincide con la Liturgia de San Marcos1. San Atanasio, por ejemplo, alude a una acción de gracias por la Creación, la Encarnación, y la alabanza de los ángeles que precede al Sanctus1. Teófilo de Alejandría (385-412) también menciona la santificación del pan y el cáliz por la invocación y el descenso del Espíritu Santo, lo que indica la presencia de una epíclesis1.
Tras el Cisma Monofisita, los coptos desarrollaron varias liturgias en su propia lengua, de las cuales tres se volvieron las más importantes y aún se utilizan: las de San Cirilo, San Gregorio (de Nacianzo) y San Basilio1. Estas se distinguen principalmente por sus anáforas, que se unen a una preparación común y a la Misa de los Catecúmenos1.
