El agua ocupa un lugar central en el rito por su relación con el Bautismo. La aspersión no repite el sacramento ni constituye un nuevo Bautismo: recuerda a los fieles el Bautismo recibido y pide que su gracia dé fruto en la vida cristiana. La oración introductoria del Misal pide que los participantes permanezcan fieles al Espíritu Santo que recibieron; otra fórmula describe el Bautismo como participación en la muerte redentora de Cristo y renacimiento a una vida nueva.1,2
La bendición del agua enlaza su significado natural -fuente de vida y medio de purificación- con la acción de Dios en la historia de la salvación. En las oraciones del rito, el agua recuerda la creación, la purificación, la liberación y la vida nueva que nace del Bautismo. Durante el tiempo pascual, algunas fórmulas relacionan expresamente el agua con la muerte y resurrección de Cristo y con el nacimiento de los cristianos como nuevas criaturas.1,2,3
«La domenica, specialmente nel Tempo Pasquale, si può fare il rito di benedizione e di aspersione dell’acqua benedetta, in memoria del Battesimo».1
Esta frase del Misal Romano italiano puede traducirse así: «El domingo, especialmente en el tiempo pascual, puede celebrarse el rito de bendición y aspersión del agua bendita, en memoria del Bautismo». La expresión en memoria aclara el propósito del rito: la comunidad evoca la gracia bautismal y pide que el recuerdo de ese don renueve su fidelidad a Dios.1,2
La aspersión también prepara a la asamblea para la celebración eucarística. La bendición final pide a Dios que purifique a los fieles y los haga dignos de participar en la mesa de su Reino. El rito, por tanto, combina la memoria del Bautismo con una disposición espiritual apropiada para la misa.3


