El rito de aspersión tiene raíces profundas en la tradición litúrgica cristiana, datando al menos del siglo X, aunque surge de costumbres de la antigüedad temprana. En los primeros siglos, era habitual bendecir agua los domingos para los fieles, como atestiguan concilios como el de Nantes (antes del año 900), que ordenaba al sacerdote bendecir agua y rociar el atrio de la iglesia.3 Esta práctica se extendió en monasterios medievales, donde se describía con detalle: tras rociar los altares, los monjes procesionaban por el claustro mientras se bendecían las dependencias.3
En la liturgia romana preconciliar, el rito se realizaba antes de la Misa principal del domingo, precediendo a otras ceremonias como la bendición de palmas o velas. El sacerdote, vistiendo las vestiduras del color litúrgico del día, entonaba la antífona Asperges me (del Salmo 50) fuera de Pascua, o Vidi aquam (inspirada en Ezequiel 47) en Pascua.1 Se omitía ante el Santísimo expuesto, aunque algunos rubricalistas permitían rociar solo el altar.1
