La Vigilia Pascual celebra la resurrección de Jesucristo durante la noche que precede al Domingo de Pascua. Su estructura comprende varios momentos litúrgicos; el primero reúne signos y gestos en torno al fuego y a la luz. La Iglesia pide que estos gestos alcancen toda su expresividad, para que los fieles comprendan su sentido mediante las palabras introductorias y las oraciones de la celebración.1
La secuencia comienza con la bendición del fuego nuevo, en un lugar adecuado fuera de la iglesia cuando las circunstancias lo permiten. A continuación, el cirio pascual recibe la luz de ese fuego y encabeza la procesión hacia el templo, acompañada por la aclamación Lumen Christi, que significa «Luz de Cristo». El rito culmina con la bendición del cirio y el canto del Exsultet, también llamado pregón pascual. Los libros litúrgicos documentan conjuntamente la bendición del fuego, la procesión, la aclamación, la bendición del cirio y el pregón.2
El fuego debe tener entidad suficiente para disipar la oscuridad y alumbrar la noche. El cirio, por su parte, ha de ser de cera, no artificial, renovarse cada año, ser único y contar con un tamaño que permita expresar adecuadamente que Cristo es la luz del mundo. La liturgia prescribe sus signos y palabras.1



