El rito reúne una plegaria por la paz y un gesto de saludo entre los fieles. La paz que la Iglesia pide no consiste solo en tranquilidad o ausencia de conflicto: tiene su origen en Cristo y expresa la unidad que la Eucaristía crea entre quienes participan en ella. La Iglesia dirige también esa petición al conjunto de la humanidad, especialmente a quienes sufren divisiones y violencia.1,2
La exhortación apostólica Sacramentum caritatis relaciona el signo con la naturaleza de la Eucaristía:
«Por su naturaleza, la Eucaristía es sacramento de paz. Esta dimensión del misterio eucarístico encuentra una expresión específica en la celebración de la misa mediante el signo de la paz».2
El gesto permite que los fieles manifiesten, de forma visible, la comunión y la caridad que la celebración exige. No es un acto aislado de cortesía ni una pausa ajena a la misa: forma parte de los ritos que preparan para la comunión y muestra el vínculo entre recibir el Cuerpo de Cristo y vivir en unidad con los demás.1,3
La paz cristiana tiene su centro en Jesús, «nuestra paz» según la expresión de san Pablo citada en Sacramentum caritatis. Por ello, al pedir la paz, la Iglesia no solicita solo un bien humano que pueda alcanzarse por medios sociales o políticos; dirige su esperanza a Cristo, de quien procede la reconciliación de los hombres y de los pueblos. Esto no resta importancia a los esfuerzos humanos, sino que sitúa la oración litúrgica en la fuente cristiana de la paz.2



