La Iglesia celebra las exequias de sus hijos con una profunda confianza en el misterio pascual de Cristo. El propósito central es que aquellos que, por el Bautismo, se unieron a Cristo muerto y resucitado, pasen con Él de la muerte a la vida1. Esto implica que el alma sea purificada y asumida en el cielo con los santos y elegidos, mientras que el cuerpo espera la bienaventurada esperanza de la venida de Cristo y la resurrección de los muertos1.
En este contexto, la Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico del misterio pascual por los difuntos y eleva oraciones y sufragios por ellos. Esta práctica se basa en la comunión de los santos, donde todos los miembros de Cristo se comunican entre sí, obteniendo ayuda espiritual para algunos y ofreciendo consuelo de esperanza a otros2,1.
Al celebrar las exequias, los cristianos procuran afirmar la esperanza de la vida eterna, sin ignorar ni descuidar las costumbres y modos de actuar de la sociedad y la región en relación con los difuntos. La Iglesia busca transformar lo que pueda contradecir el Evangelio, para que las exequias cristianas muestren la fe pascual y el verdadero espíritu evangélico1.
Es importante honrar los cuerpos de los fieles difuntos, que fueron templos del Espíritu Santo, evitando la vana ostentación. Por ello, en los momentos más importantes entre la muerte y la sepultura, se afirma la fe en la vida eterna y se elevan oraciones de sufragio1. Estos momentos clave pueden incluir la vigilia en la casa del difunto, la colocación del cuerpo en el féretro y su traslado al sepulcro, precedido por la reunión de familiares y, si es posible, de toda la comunidad para escuchar la consolación de la esperanza en la liturgia de la palabra, ofrecer el sacrificio eucarístico y despedir al difunto con la última despedida1.
