El Rito Romano se desarrolló a partir de las prácticas litúrgicas de los primeros siglos del cristianismo en Roma. Aunque las liturgias de los primeros tres siglos eran fluidas, en el siglo V, el Rito Romano ya se celebraba en latín y había adquirido la esencia que aún conserva1. Los primeros sacramentarios, como el Leonino (siglos V o VI) y el Gelasiano (siglos VI o VII), documentan su desarrollo temprano1.
Inicialmente, el uso del Rito Romano estaba restringido a la provincia romana. Sin embargo, a partir del siglo VIII, comenzó a expandirse por Occidente, desplazando a otros ritos locales, como el galicano y el español, con la notable excepción de Milán y algunas regiones de España2. Esta expansión se debió en gran parte a la posición preeminente de la Sede de Roma, lo que llevó a obispos y gobernantes a adoptar el rito del obispo principal2.
Influencia Galicana y Desarrollo Medieval
A lo largo de su historia, el Rito Romano no solo se expandió, sino que también fue influenciado por otros ritos. Elementos galicanos, por ejemplo, se incorporaron al Rito Romano, especialmente en las variaciones para el curso del año litúrgico y en ceremonias dramáticas y simbólicas, como la bendición de velas, cenizas y palmas1,3. Estas adiciones, que no estaban presentes en el Sacramentario Gregoriano enviado a Carlomagno en el siglo VIII, ya se observaban en el Missale Romanum Lateranense del siglo XI3.
Durante la Edad Media, el Rito Romano dio origen a una multitud de ritos derivados, que diferían en detalles menores y en adiciones exuberantes2. Sin embargo, la esencia del rito se mantuvo, y muchos de estos usos medievales, como el de Sarum en Inglaterra, no constituían ritos independientes, sino variaciones del Rito Romano3.

