La promulgación del Misal Romano por el Papa San Pío V en 1570 fue una respuesta directa a las directrices del Concilio de Trento (1545-1563)1,2. El Concilio de Trento buscó estandarizar la liturgia en la Iglesia Latina para contrarrestar las variaciones y posibles abusos que habían surgido, especialmente en el contexto de la Reforma Protestante3. Antes de este período, existía un pluralismo litúrgico considerable, con diversas costumbres diocesanas y de órdenes religiosas3,4.
El Papa Pío V, al asumir el pontificado, se dedicó a la preservación de una liturgia pura y, en conformidad con los decretos de Trento, encargó la revisión y reedición de los libros sagrados, incluyendo el Catecismo, el Breviario y el Misal1. El trabajo fue confiado a hombres eruditos que cotejaron diligentemente los textos con antiguos códices de la Biblioteca Vaticana y otras fuentes fiables, restaurando el Misal a la forma original y rito de los Santos Padres1.
La bula Quo Primum, emitida el 14 de julio de 1570, estableció que este Misal debía ser seguido absolutamente en todas las iglesias, sin escrúpulo de conciencia ni temor a incurrir en pena, juicio o censura1. Se ordenó a todos los patriarcas, administradores y demás dignatarios eclesiásticos que celebraran la Misa según este rito y que descontinuaran y descartaran completamente otras rúbricas y ritos de otros misales, por muy antiguos que fueran1. Sin embargo, se hizo una excepción importante: aquellos ritos que pudieran probar una antigüedad de al menos doscientos años en su uso continuado no estaban obligados a adoptar el nuevo Misal1,2,4. Esta excepción permitió la supervivencia de ritos como el Ambrosiano, el Mozárabe y ciertas formas modificadas del rito romano utilizadas por órdenes religiosas como los dominicos, carmelitas y cartujos2,5,6.
El Misal de Pío V se convirtió así en la expresión principal de la lex orandi (regla de oración) del Rito Romano durante cuatro siglos, funcionando como un pilar para mantener la unidad de la Iglesia7.

