Los ritos bautismales tienen sus raíces en la tradición apostólica, inspirados en el mandato de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). Desde los primeros siglos del cristianismo, el bautismo se celebraba como un rito de iniciación plena, que incluía catequesis, exorcismos y una inmersión en agua viva, simbolizando la sepultura y resurrección con Cristo.
En la Iglesia primitiva, los ritos eran más elaborados para adultos conversos, con periodos de preparación que podían durar años. El Concilio de Nicea (325) y el de Florencia (1439) definieron su necesidad para la salvación y su validez mediante el agua y la fórmula trinitaria. Durante la Edad Media, con el auge del bautismo infantil, los ritos se simplificaron, aunque mantuvieron elementos como la unción y la vestidura blanca. La Reforma litúrgica del Concilio Vaticano II (1962-1965) restauró la participación activa de la comunidad y adaptó los ritos a contextos pastorales diversos, como se refleja en los libros litúrgicos aprobados por la Sagrada Congregación para el Culto Divino.
En la tradición hispánica, influida por los ritos mozárabes y romanos, los bautismos se celebraban en catedrales o parroquias con gran solemnidad, especialmente durante la Vigilia Pascual. Hoy, en España, estos ritos se adaptan a la diversidad cultural, pero preservan su fidelidad a la doctrina católica, promoviendo la evangelización familiar.
