La Orden de Funerales Cristianos (Ordo exsequiarum) de la liturgia romana presenta tradicionalmente tres tipos de celebraciones funerarias, que corresponden a los tres lugares donde se llevan a cabo (la casa, la iglesia y el cementerio). Sin embargo, debido a los cambios en las circunstancias de la vida urbana, a menudo se reducen a dos o incluso a una sola parte. Este orden de celebración es común a todas las tradiciones litúrgicas y comprende cuatro elementos principales,:
1. La Vigilia Funeraria (Velatorio)
La vigilia funeraria es un acto de fe en la resurrección de los muertos. Se lleva a cabo en la casa del difunto o en otro lugar apropiado, donde la familia, amigos y miembros de la comunidad cristiana se reúnen para orar por el difunto, escuchar la palabra de vida eterna y encontrar consuelo en la contemplación de Cristo resucitado. Esta vigilia busca confortar a los que lloran y expresar la solidaridad cristiana.
Durante esta vigilia, si el cuerpo del difunto es llevado a la iglesia algún tiempo antes de la liturgia de exequias, el sacerdote puede recibir el féretro en la puerta de la iglesia con una aspersión y una oración. Luego, mientras el cuerpo es llevado al interior, se puede cantar un responsorio. Después se lee un pasaje de las Escrituras, seguido de un salmo o la oración de los fieles. Todo el rito concluye con la Oración del Señor, y el cuerpo se deposita en una capilla designada.
2. La Liturgia Funeraria (Misa de Exequias)
La celebración de la Santa Eucaristía, conocida como la Misa de Exequias, es la principal celebración del funeral cristiano y es altamente deseable cuando es posible,,. En ella, la comunidad cristiana escucha la palabra de Dios, que proclama el misterio pascual y asegura la esperanza del reencuentro en el Reino de Dios.
En la Misa de Exequias, la Iglesia expresa su comunión eficaz con el difunto, ofreciendo a Dios Padre el sacrificio de la muerte y resurrección de Cristo. Se pide a Dios que purifique al difunto de sus pecados y sus consecuencias, y que lo admita a la plenitud pascual de la mesa del reino. La liturgia ha hecho de la Eucaristía, este banquete escatológico, el verdadero refrigerium cristiano para el difunto.
En caso de que no sea posible celebrar la Misa, se puede utilizar una Liturgia Funeraria fuera de Misa, y se debe celebrar una Misa por el difunto en otro momento, si es posible.
Durante la homilía, el celebrante comenta la palabra de Dios, evitando cualquier forma de elogio fúnebre. Se da gran importancia a las lecturas de la palabra de Dios en cualquier celebración por los difuntos, ya que proclaman el misterio pascual, traen esperanza de reencuentro en el reino de Dios y exhortan a la piedad hacia los difuntos,.
3. El Rito de la Última Encomienda y Despedida
Después de la Misa de Exequias, se lleva a cabo el rito de la última encomienda y despedida del difunto. Este rito no es una purificación del difunto —que se logra más bien con el sacrificio eucarístico— sino una despedida final en la que la comunidad cristiana saluda a uno de sus miembros antes de que el cuerpo sea llevado o sepultado. Aunque la muerte implica una separación, los cristianos, siendo un solo cuerpo en Cristo, no pueden ser separados por la muerte.
Este rito es introducido y explicado por una invitación del sacerdote, seguido de momentos de silencio, gestos de aspersión con agua bendita (que recuerda la inscripción a la vida eterna por el Bautismo) e incensación (que honra el cuerpo del difunto como templo del Espíritu Santo), y un canto de despedida. La aspersión y la incensación pueden considerarse gestos de despedida. Este rito solo puede realizarse en la acción exequial misma, es decir, con el cadáver presente.
4. El Rito de Sepultura o Inhumación
El rito de sepultura o inhumación es el acto final de las exequias cristianas, donde el cuerpo del difunto es encomendado a Dios,. En el cortejo fúnebre, la Madre Iglesia acompaña el cuerpo del difunto a su lugar de descanso, a la espera de la resurrección,.
La inhumación se realiza inmediatamente o al final del rito, según las costumbres locales. Mientras el cuerpo es depositado en la tumba, el sacerdote puede decir una oración encomendando al difunto a Dios, expresando la esperanza en la resurrección del cuerpo en el último día, ya que Cristo resucitó como primogénito de los muertos. Si el sacerdote y la congregación han acompañado el féretro al cementerio, la última encomienda y despedida puede realizarse en la tumba misma, concluyendo así las exequias.