La palabra rogativa procede de la idea de rogar o suplicar. En la tradición católica designa tanto ciertos días de oración como las celebraciones públicas asociadas a ellos. No constituye una fiesta dedicada a un acontecimiento de la vida de Cristo o de un santo: su centro es la petición comunitaria a Dios por necesidades concretas y la acción de gracias.
Las Normas universales sobre el año litúrgico describen la finalidad de estas jornadas en términos amplios:
La Iglesia acostumbra a suplicar al Señor por las diversas necesidades de la humanidad, especialmente por los frutos de la tierra y por el trabajo humano, y a darle gracias públicamente.1
Por eso, las rogativas unen la súplica con la gratitud. La comunidad cristiana presenta ante Dios necesidades relacionadas con la vida de las personas y el sustento común. La petición no equivale a una garantía automática de que sucederá lo solicitado: expresa la confianza en Dios y reconoce, al mismo tiempo, la dependencia humana de bienes que no controla por completo. Su carácter penitencial invita también a la conversión, no solo a pedir una ayuda material.

