El primado del Romano Pontífice se fundamenta en la institución divina de Cristo, quien estableció a San Pedro como la roca sobre la cual edificaría su Iglesia1. Esta prerrogativa se transmite a sus sucesores en la Sede de Roma.
Sucesor de San Pedro
La Iglesia Católica enseña que el Romano Pontífice es el sucesor del Apóstol Pedro2,3. Cristo confió a Pedro la tarea de confirmar a sus hermanos en la fe y de apacentar a todo el rebaño, tanto a los corderos como a las ovejas1. Este encargo, dado a Pedro, se extiende perpetuamente a sus sucesores, asegurando la unidad y la guía de la Iglesia1. El Papa es, por tanto, el Vicario de Cristo en la tierra, ejerciendo el munus petrino de pastorear y gobernar a la Iglesia universal2,3.
Cabeza Visible de la Iglesia
Como sucesor de Pedro, el Romano Pontífice es la cabeza visible de la Iglesia1. Aunque Cristo es la cabeza principal del Cuerpo Místico, el Papa actúa como su representante en la tierra, garantizando la unidad del cuerpo eclesial1. Su papel es esencial para la cohesión de la Iglesia, que se constituye como «un solo cuerpo» animado por «un solo espíritu»1.
Autoridad Universal
La autoridad del Romano Pontífice se extiende sobre toda la Iglesia universal4,2. Esta autoridad no está sujeta a ningún poder civil y es indispensable para el ejercicio de su ministerio espiritual sin impedimentos4. El Papa tiene el derecho y la potestad de enviar nuncios o legados a naciones extranjeras y a sus gobernantes, especialmente a aquellos de nombre católico5. Esta potestad emana de la autoridad del primado que él obtiene divinamente sobre toda la Iglesia5.
