El Rosario, tal como lo conocemos, es el resultado de un largo y gradual desarrollo que se remonta a antes del siglo XIII1. La práctica de usar cuentas para contar oraciones es pre-dominicana e incluso pre-cristiana1. Los monjes de la Iglesia Oriental, por ejemplo, utilizaban un rosario de origen antiguo con cien o más cuentas, con un diseño distinto e independiente de la devoción occidental1.
En Occidente, la costumbre de recitar un número determinado de Padrenuestros o Avemarías (a menudo 150, en analogía con los Salmos) y contarlas con un cordel de cuentas estaba muy extendida antes del siglo XIII1. Estas cuentas se conocían como «padrenuestros»1.
La tradición atribuye a Santo Domingo de Guzmán la institución del Rosario en su forma actual, como un medio para combatir la herejía albigense en el siglo XIII2,3,4. Según esta tradición, la Santísima Virgen María se lo reveló a Santo Domingo, instruyéndole a predicarlo entre la gente como un antídoto contra la herejía y el pecado2,5. Numerosos Papas, incluyendo a León XIII y San Pío V, han afirmado la institución del Rosario por Santo Domingo2,3,4.
Sin embargo, estudios recientes han señalado que los elementos del Rosario se desarrollaron gradualmente, y que su forma final se alcanzó varios siglos después de la muerte de Santo Domingo1. Algunos académicos sugieren que Santo Domingo pudo haber popularizado la recitación de múltiples Avemarías, sin una dirección específica sobre el número o la inserción sistemática de Padrenuestros1. Otros creen que su contribución especial fue la división de las Avemarías en grupos de diez con la inserción de Padrenuestros1. En cualquier caso, los frailes de la Orden de Predicadores (dominicos) desempeñaron un papel crucial en la propagación y desarrollo de esta devoción, por lo que se le conoce como el Rosario dominico3,1.
El Papa San Pío V, en 1569, en su bula Consueverunt Romani, describió el Rosario como una forma de oración en la que la Santísima Virgen es venerada con el saludo angélico repetido 150 veces, junto con el Padrenuestro en cada decena, e intercalando meditaciones sobre la vida de Nuestro Señor Jesucristo3.
